jueves, 26 de agosto de 2010

La sombra del emperador.

Por Ricardo López Göttig

En tiempos en que se ciernen oscuros nubarrones sobre la libertad de prensa, pareciera resurgir desde el pasado y con fuerza la figura de Napoleón Bonaparte, quien durante su imperio impuso un férreo control a los periódicos y libros.
A pesar de su genio militar y enorme capacidad política, fue temeroso de la influencia de la prensa ya que era un gran manipulador de la propaganda. Redujo la cantidad de diarios que circulaban en París: en 1799, cuando hizo el golpe de Estado del 18 Brumario para declararse cónsul, había 73 periódicos en la capital gala, de los que sólo quedaron cuatro en 1811. Como emperador, estableció que los nuevos periódicos debían solicitar una licencia y que, al igual que los editores de libros, debían jurar lealtad al régimen. Cada periódico debía pagar a su propio censor, por lo que algunos optaron por nombrarlos secretarios de redacción.
Con la Francia empeñada en continuas guerras para dominar el continente europeo, el emperador era sensible a las noticias sobre las victorias –que se magnificaban- y las derrotas –que se minimizaban-, procurando que todas las noticias ensalzaran su gloria personal. Celoso de su prestigio y aura de guerrero victorioso, odiaba ser ridiculizado y su censura se extendió hacia el contenido de libros y obras teatrales. En este sentido, la persecución a los periodistas sobrepasó las de la monarquía anterior a la revolución francesa.
Y es que, en su afán de personificar a Francia, no toleraba el menor disenso y por ello no pudo congregar en torno suyo sino a adulones que escribían a favor suyo en la prensa. Plumas de poco vuelo, conformistas, deseosas de complacer al emperador. Buscaba unificar a los franceses en torno suyo, disciplinando la opinión pública por medio de la propaganda y la difusión de noticias favorables.
Proclamado cónsul vitalicio y luego emperador en sendos plebiscitos que ganó por abrumadora mayoría, se sintió legimitado para imponer su régimen a costa de las libertades individuales.
En los países iberoamericanos solemos caer en la ingenuidad de que un gobierno electo por el voto de sus conciudadanos jamás caerá en la tentación “imperial” de pisotear los derechos fundamentales, como si las libertades sólo pudieran ser cercenadas por golpes militares y tiranías violentas que se imponen por la fuerza. Pero a ningún mandatario, aun cuando haya sido elegido legítimamente en comicios limpios e inobjetables, le agrada ser controlado, cuestionado y observado por los medios de comunicación. Afortunadamente, nuestros constituyentes no fueron ingenuos y por ello colocaron la declaración de derechos y garantías en la primera parte de la Constitución, a fin de establecer cuál es la prioridad en un Estado de Derecho democrático.

Artículo publicado por CADAL, jueves 26 de agosto del 2010.

viernes, 13 de agosto de 2010

El sueño de los héroes

Por Omer Freixa

u trazo dibujó el contorno y el destino de la historia patria y también la de dos repúblicas hermanas: Chile y Perú. Sus ideales eran diáfanos y de objetivo simple: la unidad en pos de la independencia de América del Sur. Para ello, entregó cuerpo, mente y alma. Fue un adelantado a su época y esa condición no le trajo dicha, ya que implicó un exilio autoimpuesto en el Viejo Mundo por la incomprensión de la entonces clase gobernante. Todo aquello porta inconfundible nombre y apellido: José de San Martín.
“Su impronta se prolonga todavía en la historia, acompañando, aunque ausente, la lucha de la emancipación sudamericana hasta su triunfo final, con la desaparición de los últimos restos del ejército argentino de los Andes, libertador de Chile y de Perú”, sintetizaba Bartolomé Mitre, uno de sus más lúcidos biógrafos, ya a fines del siglo XIX, en Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana.
Pero, todavía en pleno furor bicentenario argentino, ¿cuánto sobrevivió del ideal sanmartiniano en la conformación latinoamericana?
“San Martín y Bolívar compartían el ideal partidario de un proyecto regional que hoy está empezando a gestarse, aunque su consecución sigue irresuelta”, explica Fernando Moiguer, titular de la consultora Moiguer y Asociados.
De todos modos, es bueno reparar, como lo hace Gustavo Paz, titular de historia americana en la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF) e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), en el hecho de que “San Martín no hacía tanto hincapié en el panamericanismo como Simón Bolívar”.
El héroe de la batalla de San Lorenzo podría ser definido como un americanista, porque “aunque era argentino, su larga estadía en España y la todavía inexistente identidad argentina de aquellos tiempos lo acercan más a un ideal americanista que argentino”, afirma Osvaldo Cado, economista de Prefinex.
El oriundo de Yapeyú no se caracterizó por ser un hombre de ideas -aunque las tuvo- y sus lemas se pueden rastrear a través de su conducta.
San Martín era, ante todo, un militar y un ciudadano de vida austera, personaje simple y abnegado, “más enfocado hacia la realización de lo práctico que hacia elucubraciones intelectuales”, puntualiza Ricardo López Göttig, director del Consejo Académico del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América latina (CADAL). “Un hombre de acción cuyos medios se adaptaban a un fin: la independencia”, sintetiza Cado.
En Chile fue donde se consolidó primero el Estado nacional, formando un sistema republicano fuerte, exclusivista y centralista -una marca histórica que se ve actualmente en el carácter trasandino-, mientras que la Argentina y Perú siguieron ritmos más lentos y conflictivos.
San Martín tenía una concepción monárquica del poder y, tal vez por ello, Perú se resistió a su presencia y a la de sus tropas.
“No se buscó independizar una nación que todavía no se pensaba ni existía; al contrario, la creación de los Estados Nación fue posterior y obedeció a la trayectoria del siglo XIX, un camino construido a sangre y fuego en América hispana”, explica Paz.
Por caso, no hubo desintegración del Imperio español porque no se creía en la independencia y se trató de evitar la dispersión de esos territorios. “Una idea similar de unidad esencial es la que se debe volver a recuperar hoy”, dice Moiguer.
Si los Libertadores pregonaban la libertad y la unidad, en lo segundo la huella de los ideales sanmartinianos hoy se halla casi ausente.
De hecho, la Argentina, Perú y Chile no comparten una política de integración regional que los agrupe. Rencores del pasado que perduran -como el nefasto recuerdo para bolivianos y peruanos de la Guerra del Pacífico- hacen impensable nexos asociativos con el vecino país trasandino.

Tres caminos distintos

No hubo unidad. Tampoco hay políticas comunes y los logros y desafíos se parecen muy poco entre sí. Comparten algunos rasgos políticos, como el hecho de haber atravesado gobiernos dictatoriales de los cuales ya han salido -el último fue Chile, en 1990, “aunque al mandato de Alberto Fujimori hay que tomarlo con cautela”, acota López Göttig-.
Los asuntos de las agendas nacionales, en verdad, “tienen que ver con realidades propias, muy distintas del ideal sanmartiniano”, señala Fernando Rocchi, director del posgrado en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella, en especial en lo que hace a la idea de emancipación sudamericana enarbolada por el prócer en el pasado. Esa gesta no ha conducido necesariamente a la unidad. “La agenda política, económica y militar sudamericana dista de ser homogénea”, resume Cado. Recientemente, Perú recibió el investment grade, una calificación con la que Chile cuenta desde 1992 y que la Argentina, con un PBI de u$s 558.000 millones y un índice de inflación que, según estimaciones privadas, supera el 20% anual, todavía espera algún día alcanzar.
El principal desafío para Chile, cuyo PBI en 2009 decreció 1,7% -menos que el argentino: 2,5%, si bien Perú tuvo un aumento del 0,9%- alcanzando los u$s 243.700 millones, está puesto en la recuperación del terremoto de febrero de este año, que le ha costado a la nación pérdidas estimadas por u$s 1200 millones.
El recambio político al gobierno centroderechista de Sebastián Piñera, asimismo, no supone un giro en la tendencia económica, si bien los problemas residen en la naturaleza de los procedimientos para resolver los asuntos internos y el hallazgo de un plantel idóneo para el presidente.
“La renuncia presentada por Miguel Otero al cargo de embajador chileno en la Argentina, tras sus polémicas declaraciones, se muestra como una falencia en ese último aspecto”, indica Marcelo Leiras, profesor especialista del Centro de Educación Empresaria y director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés (UdeSA).
“Chile apostó por el camino hacia la economía de mercado y la apertura, sustentándose en la iniciativa privada y las inversiones; de este modo, está elevando en forma sostenida sus niveles de vida y aumentando las oportunidades para sus habitantes”, agrega López Göttig.
En tanto, con un PBI de u$s 253.000 millones y un bajo índice de inflación, Perú sigue de cerca los pasos del país del cobre en el manejo económico, aunque con un punto de partida de menores posibilidades, si se los compara.
De hecho, ambas economías se orientan hacia nuevos mercados, especialmente los asiáticos y a los EE.UU..
El actual ocupante del Sillón de Pizarro, Alan García, revirtió los pasos económicos dados en su primera gestión (1985-1990) hacia una actitud más favorable a la economía de mercado. No obstante, el crecimiento y la buena reputación peruana en los mercados internacionales, “el presidente es altamente impopular”, explica Ignacio Labaqui, docente del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina (UCA).
La Argentina contrasta con la dirección de sus otras dos repúblicas hermanas. Si ella fue concebida como espacio de la movilidad social ascendente y promesa de la región en el pasado, hoy día está volviendo a una política más cerrada en lo económico y de lazos que miran el camino venezolano que preocupan.
“Se ha embarcado en un proceso de estatización de empresas que desalientan la inversión; un cada vez más elevado gasto público que se nutre del ahorro interno y una pesada carga tributaria”, indica López Göttig, advirtiendo sobre los riesgos de aplicación de esas recetas en el pasado.

Preocupación en bloque

Pese a los distintos contextos, una preocupación compartida recorre los objetivos en las tres repúblicas: “Terminar con la inequidad”, sentencia Rocchi, y en general alcanzar mayores niveles de vida para la población. En ese sentido, Chile sabe mejor cómo hacer las cosas. En efecto, “en el seno de los mismos gobiernos no existen ideas y objetivos claros de largo plazo”, advierte Osvaldo Cado, de la consultora Prefinex. Excepto en la nación transandina y en Brasil.
En suma, el desafío principal está puesto en reducir la pobreza en los tres países, así como en la región en su conjunto. Y, en ese aspecto, la Argentina y Perú tienen una deuda acerca de cómo formular una agenda clara para hacer frente al reto. Para emprender la consecución de ese objetivo y de tantos otros “la herencia sanmartiniana de orden, planificación y objetivos claros, su férrea voluntad y su preferencia por la acción por sobre el simple discurso es un excelente punto de partida”, concluye Cado. Para más adelante, quedará la promesa de la unidad.

Publicado en El Cronista, viernes 13 de agosto del 2010.