jueves, 31 de mayo de 2012

El plan social.


Por Ricardo López Göttig


Como si fuese un gran logro, los gobiernos que se proclaman de signo “progresista” suelen esgrimir estadísticas de expansión de sus planes sociales, lo que en rigor debería interpretarse como una señal de fracaso.
La izquierda del siglo XIX no nació con el criterio paternalista de que las personas tuviesen que vivir a expensas del Estado. Para marxistas y anarquistas, por ejemplo, el Estado no era más que un instrumento de dominación en manos de los propietarios. Los marxistas, en consecuencia, anhelaban tomar ese Estado por la vía revolucionaria –violenta- para utilizar esa herramienta y establecer el dominio de los proletarios. Los anarquistas, en cambio, buscaban la destrucción de ese instrumento para que la propiedad privada no tuviera quién la defendiese, y así lograr abolirla. Para estas y otras corrientes de la izquierda, el creador de la riqueza era el obrero que, con su trabajo, daba valor a su creación. El objetivo no era la holgazanería ni el fin del trabajo, sino la plena disposición de aquello por lo que se había trabajado.
De allí que Karl Marx, con una visión religiosa y épica de la humanidad, entendiera que serían los obreros proletarios industriales los que conducirían las sociedades socialistas del futuro y, una vez superada la necesidad de la dominación de unos a otros, se eliminaría el Estado. No sólo ponía su fe en esa “clase social” porque era la que para él generaba la riqueza, sino porque además tenía incorporada la disciplina laboral necesaria y el conocimiento de lo que se hacía en la fábrica. Es por eso que despreciaba a lo que llamaba el “lumpenproletariado”: delincuentes, prostitutas, vagabundos, todos los que estaban inmersos en el submundo de la ilegalidad, porque no tenían hábitos laborales, no generaban riqueza ni tenían “conciencia de clase” y, a su criterio, no querían derribar el orden existente.
El gran problema del marxismo surgió cuando tomaron el poder los bolcheviques en 1917. Marx y Engels, profetas indiscutibles e infalibles de la nueva religión secular con pretensiones científicas, no habían escrito sobre cómo sería la sociedad socialista. Tan sólo esbozaron la idea de la “dictadura del proletariado” como la etapa en la que los obreros industriales tomarían el poder del Estado, dominarían a los burgueses y nobles, hasta que todos fueran laboriosos proletarios en las fábricas. Más risibles son las escasas páginas dedicadas al paraíso comunista, la última etapa sin Estado, en la que las personas vivirían en la superabundancia… Lo cierto es que Lenin y el resto de los bolcheviques tomaron el poder mientras el Imperio Ruso se hallaba combatiendo penosamente en la primera guerra mundial contra los alemanes y austríacos. El modelo económico que tomaron fue el de la Alemania imperial del Kaiser Guillermo II, una economía fuertemente centralizada y militarizada por razones bélicas, y eso es lo que implantaron a fuerza de bayoneta en el caído imperio de los zares, con un costo humano de millones de hombres muertos por hambrunas, requisas de alimentos, guerra civil y creación de los campos de concentración.
Este primer experimento socialista no tuvo una mirada contemplativa hacia el desempleado: como crudamente lo escribió Trotski, “el que no trabaja, no come”. Ironía de la historia, porque Lenin y Trotski nunca habían trabajado… Esta militarización y planificación central se acentuó en tiempos de Stalin, dejando por el camino a más de veinte millones de muertos, cifras colosales que estremecen.
En la etapa post-stalinista en Europa central y oriental, el castigo que recibían muchos intelectuales disidentes –escritores, profesores universitarios, artistas- era el de ser enviados a trabajar cavando fosas en los cementerios, limpiando vidrios en los edificios, cargando carbón en las calderas de calefacción central. O sea que, en el “paraíso de los trabajadores”, la sanción al disidente era, paradójicamente, el trabajo físico.
Está claro, pues, que la naturaleza del “plan social” que subsidia con largueza y que se reproduce generación tras generación, nada tiene que ver con la izquierda socialista en sus ideas del siglo XIX ni en su experiencia real de la centuria pasada. 
Y es que el “plan social”, la protección al desempleo y la mirada paternalista como si las personas fuesen menores de edad incapaces de administrar sus vidas, se fue estableciendo desde gobiernos autoritarios de signo nacionalista, ya desde tiempos de Otto von Bismarck, precisamente para contener el avance de la socialdemocracia en Prusia y el Imperio Alemán. Los socialistas de entonces, en los parlamentos y la prensa partidaria, solían denunciar estas prácticas clientelistas, porque ablandaban el espíritu laborioso y creaban un ejército de votantes sin “conciencia de clase”.
En su difícil combate contra estos “Estados benefactores”, los socialistas de Europa occidental fueron asimilando parte de esta prédica para ganar votos que, de otra manera, se fugaban hacia los partidos de carácter nacionalista y proteccionista. Un fenómeno que, aún hoy, vemos que perdura en el Viejo Continente, con votantes que pueden optar por el xenófobo y proteccionista Frente Nacional de la familia Le Pen o por la izquierda más radical y antiglobalizadora como la de Jean-Luc Mélenchon en Francia.
¿Dónde han quedado, pues, las consignas originales de la izquierda? El socialismo real del siglo XX demostró su manifiesta contradicción con la vida humana, con sus genocidios, empobrecimiento, brutalidad y afán de conquistas. Hoy se torna complejo desarmar ese nudo gordiano de lo que proponen unos y otros críticos acerbos a la democracia liberal y la economía de mercado, que no prometen vida fácil, gratuita y despreocupada de los paraísos seculares.
La paradoja de todo programa gubernamental de “plan social” de inserción laboral, de acceso a la vivienda, es que debería tender a su propia extinción; es decir, la emergencia es una situación temporal, y cuanto más breve sea, mejor. Un ministro de desarrollo social debería ser premiado y aplaudido por tener cada vez menos personas necesitadas de ayuda estatal, y no más. Una estadística optimista, feliz y liberadora, que pondría en evidencia que cada vez más personas son responsables y creadoras del propio destino.


Publicado en el semanario Búsqueda, jueves 31 de mayo del 2012.

sábado, 12 de mayo de 2012

La expropiación de YPF.

Señor Director, 


A no pocos observadores les habrá sorprendido la mayoría abrumadora de votos que consiguió la presidente Cristina Fernández de Kirchner para lograr la expropiación de las acciones que Repsol tenía en la empresa YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), una bandera más del nacionalismo que se agita en la Argentina. De hecho, los kirchneristas hicieron circular con presteza un afiche que rezaba YPF: Yrigoyen, Perón, Fernández (de Kirchner).
Esta medida política, que se la presenta como una epopeya más del kirchnerismo en su tan visión tan singular de lo que es “nacional y popular”, ha sido votada por el mismo partido que, hace poco más de un decenio atrás, privatizaba YPF.
Estos zigzagueos, a los que son tan propensos los políticos argentinos, tienen raíces en el pasado siglo. 
Ya la Unión Cívica Radical –que en esta ocasión acompañó en el Congreso a la iniciativa gubernamental- levantó la bandera de la “nacionalización” cuando recién comenzaba la exploración y explotación petrolera en Argentina. Pero primero, debe aclararse que, al igual que en el derecho que alimenta a toda América latina, el subsuelo era y es estatal, a diferencia de la tradición privatista anglosajona. 
La empresa estatal YPF fue creada por un presidente radical, Marcelo Torcuato de Alvear, a instancias del general Mosconi, como una medida más encaminada a asegurar la provisión de petróleo para el Estado en caso de una contienda bélica, en los años veinte. No obstante, se hacían concesiones de exploración y explotación, ya que los costos eran elevados, aún para una economía próspera como la argentina de aquella época. Pero en 1927, en plena efervescencia electoral por la campaña de Hipólito Yrigoyen para lograr su segunda presidencia, los radicales yrigoyenistas –autodenominados “intransigentes”- alentaron la “nacionalización”. ¿Qué significaba esto?
La República Argentina de aquel entonces tenía sólo catorce provincias y el distrito federal, por lo que la Patagonia y regiones como El Chaco y Misiones, eran “territorios nacionales”, administrados directamente por el Poder Ejecutivo Nacional. Otras provincias petroleras, como Mendoza y Salta, eran gobernadas o bien por radicales no yrigoyenistas, o bien por los conservadores, con lo que eran los gobiernos provinciales los que cobraban las regalías por la explotación en manos de empresas privadas. La nacionalización que propuso Hipólito Yrigoyen fue, ergo, que las regalías pasaran a ser del Estado nacional, en detrimento de gobiernos provinciales que no eran de su misma fuerza política, fortaleciendo el centralismo presidencial. La “Y” yrigoyeniana de YPF, pues, puede ser puesta en tela de juicio.
Juan Domingo Perón, coronel del Ejército argentino que participó activamente en el golpe de Estado al gobierno constitucional de signo conservador en 1943, fue parte de un proyecto para imponer las ideas del nacionalismo católico como parte de una cruzada contra el liberalismo, el laicismo, el socialismo y el feminismo, todos ellos “sinónimos” de inminente revolución bolchevique en las pampas… Tras ascender vertiginosamente a las más altas funciones en este gobierno de facto –llegó a ser, simultáneamente, secretario de Trabajo, ministro de Guerra y vicepresidente-, logró ganar los comicios generales de 1946 con un conglomerado heterogéneo de fuerzas que lo apoyaron. Así creó el Partido Peronista desde el poder, sentando las bases para un régimen hegemónico y estatista. En 1949, en consonancia con sus ideas nacionalistas y convencido de la inminente tercera guerra mundial, reformó la Constitución –que le impedía la reelección consecutiva-, con un texto que prohibía tajantemente la inversión extranjera de los recursos energéticos. Sin embargo, será el mismo Perón –como en incontables ocasiones a lo largo de su agitada existencia política- el que llegara a propiciar la inversión de la Standard Oil en el subsuelo patagónico, necesitado de capitales frescos que exploraran las fauces tan soberanamente custodiadas. Y para ello impulsó y logró la aprobación del Congreso, en 1954, de la ley que habilitaba la reforma constitucional –la misma que propiciaba la separación de Iglesia y Estado-, pero que quedó en el olvido por el golpe de Estado de 1955. 
Paradojas de los zigzagueos petroleros, es que el político radical Arturo Frondizi se opuso con vehemencia a esta innovación de Perón, pasión nacionalista de la que supo desdecirse al ganar la presidencia con un suspicaz apoyo peronista en 1958 e impulsar los contratos petroleros, tras cruzar convenientemente el río Leteo –el que borra la memoria- de las elecciones.
La “Y” de Yrigoyen, pues, encubría la búsqueda del centralismo; la “P” de Perón, las idas y venidas de quien gustaba de ocultar sus cartas en el truco de la política, y ser Benito, Mao y León Herbívoro para quien quisiera creerle.
La “F” de Fernández, bien documentado está, es obra de una maniobra del momento, ya que una política de tal magnitud no sólo debería haber sido expuesta en la campaña electoral, sino que el propio Néstor Kirchner aplaudió la privatización siendo gobernador de la patagónica Santa Cruz en los años noventa, durante la presidencia peronista de Carlos Menem.
YPF, al igual que los archipiélagos australes de Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, obnubilan al ciudadano argentino como causas irredentas, como si fuesen pedazos vivos de un cuerpo que no puede desplegar todas sus ambiciones sin esas partes esenciales. ¿Qué quedará de esta expropiación? El derecho de propiedad, cada vez más dañado, sufre un grave retroceso, tal como cuando incautaron los fondos de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), y el poder central se vuelve cada vez más poderoso, menos transparente y casi sin control de una oposición más atenta a las encuestas del humor inmediato que a las decisiones fundamentales.

Publicado en el semanario Búsqueda, jueves 10 de mayo del 2012.