martes, 13 de noviembre de 2012

El proteccionismo argentino.


Señor Director:

El reciente encuentro en la sede del Partido Colorado de los cuatro ex presidentes de la República Oriental del Uruguay para hablar sobre el presente y el futuro del Mercosur, no sólo tiene la singularidad de que es un evento inimaginable en otros países de la región, sino que también demuestra la viva preocupación por la mala salud de la unión aduanera y comercial.
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se ha embarcado en una política proteccionista y de grilletes cambiarios que le restan dinamismo a la economía argentina, restringen libertades de sus habitantes y afectan a los países vecinos. En rigor, han sido pocas las ocasiones en que Argentina ha disfrutado de cierta apertura comercial -aunque bastante limitadas-, aun cuando en buena parte de la historiografía de ese país se sostiene que hubo tiempos de librecambismo laissez faire. 
Cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata se independizaron de España, se procuró mantener unido un virreinato cuyas partes poco tenían en común. Ese virreinato existió apenas 34 años, tiempo escaso, sobre todo porque las instituciones y las normas fueron impuestas desde la metrópoli. Las provincias del actual Norte argentino, así el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) estaban fuertemente vinculadas con el virreinato del Perú, del que antes formaba parte el virreinato del Río de la Plata. Las provincias de Cuyo habían sido parte de la Capitanía General de Chile. Por la rígida política comercial española, las mercancías que ingresaban al puerto de Buenos Aires transitaban hacia el centro y norte del virreinato, pasando por varias aduanas y pagando una gran cantidad de impuestos, encareciendo astronómicamente los precios. Tras la emancipación, las provincias mantuvieron las aduanas interiores, puesto que era su principal fuente de ingresos.
Pero en 1852, por el Acuerdo de San Nicolás, los gobernadores provinciales de la Confederación Argentina resolvieron eliminar las aduanas interiores. Las aduanas exteriores habrían de nacionalizarse, siendo el puerto de Buenos Aires el que tenía el 90% del comercio internacional. La legislatura porteña se opuso denodadamente a esta nacionalización que la privaba de su fuente de recursos y, de hecho, el Estado de Buenos Aires fue independiente –aunque nunca hubo una declaración en tal sentido- de la Confederación entre septiembre de 1852 hasta 1859. Las trece provincias restantes penaron sin recursos, empobrecidas por la inútil guerra aduanera en la que se empeñó con Buenos Aires. Luego, por la reforma constitucional de 1860, se acordó que la provincia de Buenos Aires habría de seguir recibiendo gran parte de los impuestos aduaneros de importación y exportación hasta 1866. 
Desde estos años hasta el decenio de 1930, entre el 90 y el 80% de los recursos del Estado argentino provenían de los impuestos aduaneros. En agosto de cada año se debatía en el Congreso la ley de Aduanas, que establecía las tarifas. Más tarde, ya teniendo esta ley aprobada, se debatía el presupuesto del año siguiente.
No obstante el proclamado federalismo que define a la Constitución argentina, lo cierto es que convive con un sistema unitario de facto. Fueron y son varias las provincias que viven del presupuesto del gobierno federal y que, por su presencia en el Congreso –particularmente por la representación igualitaria en el Senado- hacen de su debilidad su principal fortaleza. De este modo, las provincias que tenían una industria no competitiva que querían mantener protegida, articulaban coaliciones con fuerte peso parlamentario, a la vez que tenían un gran peso en los colegios electorales que elegían al presidente. Los gobiernos de signo conservador como el del Partido Autonomista Nacional sostuvieron el proteccionismo con altas tasas aduaneras, entre un 50 y 60% sobre el precio de las mercaderías importadas, y en algunos rubros como el vino, el azúcar y el tabaco estos pasaban del 100%. El primer partido político que sostuvo el librecambio para favorecer al consumidor urbano fue la Unión Cívica Radical, en 1894-1896, que logró obtener escaños en provincias con fuerte orientación agroexportadora.
Pero ya antes de llegar al gobierno, la UCR abandonó el librecambio, bandera que fue levantada entonces por el Partido Socialista, con presencia en la Ciudad de Buenos Aires. Los radicales de provincias como Tucumán y Mendoza se declararon proteccionistas, ya que vivían del azúcar y el vino, respectivamente. Los radicales de Santa Fe, en cambio, eran librecambistas: una provincia agroexportadora que se orientaba al comercio internacional.
Esta coalición de intereses proteccionistas, rígida e ineficiente, se amplió hacia otros rubros como la industria textil en la provincia de Buenos Aires en el siglo XX. De este modo, los sucesivos gobiernos argentinos fueron creando los obstáculos para su propio dinamismo y desarrollo industrial, levantando murallas chinas que la hubieran obligado a competir e invertir en nuevos y mejores bienes de capital. Esta situación se prolongó con los gobiernos de signo peronista y golpes militares.
La vieja estructura conservadora se preservó con el Partido Justicialista, peronismo, kirchnerismo o como quiera denominárselo. Es un entramado de intereses que mantiene el traspaso de recursos de sectores altamente competitivos hacia gobiernos provinciales que no pueden solventarse, perpetuando una maquinaria de pobreza y estancamiento. Los vecinos del Mercosur podrán reclamar mayor institucionalidad, el cumplimiento de los tratados y compromisos asumidos, pero seguirá imperando esta lógica hacia adentro mientras no se sincere en Argentina un federalismo que es de palabra, pero de dependencia unitaria en los hechos.


Ricardo López Göttig


Carta publicada en el semanario Búsqueda, 8 de noviembre del 2012.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Ejemplo de civismo y pluralismo.



Para hallar ejemplos de madurez cívica y diálogo entre representantes de distintos partidos políticos en un ámbito de reflexión, no es preciso que los argentinos tengan que atravesar océanos, sino que basta con cruzar el portentoso río de la Plata.
El martes 6 de noviembre, mientras los ojos del mundo se posaban en los Estados Unidos por la nueva elección presidencial, en la sede del Partido Colorado uruguayo se reunían cuatro ex presidentes de la República, a saber: Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle y Tabaré Vázquez. Dos ex mandatarios colorados, uno del Partido Nacional y otro de la coalición Frente Amplio. Fueron convocados para disertar sobre el presente y futuro del Mercosur, en medio del creciente malhumor que generan las políticas proteccionistas y de grilletes cambiarios de la presidente Cristina Fernández de Kirchner, que tanto afectan al comercio y turismo entre las dos naciones.
Un evento de esta naturaleza resulta impensable en Argentina, ya que no sólo los ex presidentes no se reúnen por estar enemistados entre sí –sobre todo los que pertenecen al mismo partido político-, sino que el ambiente de respeto a la opinión ajena, de inevitable y fructífera discrepancia, no es valorado como condición indispensable de la convivencia democrática.
Con reconocimientos, en libertad y con momentos de humor, los ex presidentes orientales desplegaron sus opiniones en un clima de concordia en el disenso.
¿Qué separa a los argentinos y uruguayos? ¿Nos separan, acaso, los orígenes históricos, la lengua, la cultura, el estilo de vida? La distancia entre ambas naciones es de actitud, la decisión de respetar la opinión ajena y de legitimar al otro como persona. De tener la íntima convicción de que quien expresa una idea que no compartimos, no lo hace por malevolencia, antipatriotismo o por ser parte de una conspiración siniestra, sino por ver los hechos de un modo diferente.
Hay buenos modelos y están aquí, tan cerca. Un ejemplo de civismo y pluralismo que debería propagarse por América del Sur.