Por Ricardo López Göttig
A
pesar de las negociaciones trilaterales en Abu Dhabi, cabe sospechar que Putin
está ganando tiempo para imponer condiciones de extrema dureza a Ucrania, y
para ello necesita continuar con su ofensiva militar.
A menos de un mes de que la
invasión rusa a Ucrania cumpla cuatro años, en una guerra que ha dejado una
serie de crímenes horrendos contra la población civil local, la salida de este
conflicto parece remota a pesar de las reuniones trilaterales en Abu Dhabi. La
postura de Vladímir Putin sigue siendo maximalista, ya que su objetivo final
sigue siendo la sumisión de Ucrania y la entrega de más del 20% de su
territorio. Es una nación de la que pretende desconocer su singularidad
histórica, cultural y lingüística, consecuente con el desdén de siglos de
apodar a los ucranianos como “pequeños rusos”. Más allá de las tergiversaciones
históricas, lo cierto es que hubo una manifestación clara y evidente de la
población de Ucrania de proclamar su independencia en 1991, y que en las
regiones hoy ocupadas militarmente por el ejército ruso se votó favorablemente
por la emancipación con cifras superiores al 80%. En la estratégica Península
de Crimea, el resultado fue de 54% a favor de la independencia de Ucrania
respecto a la Unión Soviética, en pleno proceso de descomposición en ese año.
Ucrania emergió como la
tercera potencia nuclear, con un arsenal heredado de la era soviética, y acordó
en entregar esos misiles a Rusia a cambio del compromiso explícito de respetar
la integridad territorial y la independencia de Ucrania, en el Memorandum de
Budapest de 1994. Ese compromiso es irrelevante para Vladímir Putin, y veinte
años después tomó posesión por la fuerza de la Península de Crimea, favoreció
el separatismo pro ruso en las regiones de Lugansk y Donetsk, y el 22 de
febrero de 2022 dio comienzo a la llamada “operación militar especial” de invasión
masiva, que se anunció de pocos días pero que aún persiste a pesar de la enorme
cantidad de bajas en sus propias filas. De acuerdo a recientes informes, tanto
del Institute for the Study of War
(ISW) como del European Council on
Foreign Relations (ECFR), la cantidad de soldados rusos muertos supera en
16 veces los que tuvo en Afganistán entre 1979 y 1989, y las expectativas de
vida de los reclutas enviados al frente es de apenas cuatro semanas. Putin ya
envió a combatir en suelo ucraniano a presos, a los mercenarios del
desaparecido Grupo Wagner (que sigue operando en África, ahora bajo la
dirección del Ministerio de Defensa, con el nombre de Afrika Korps, nombre que recuerda a las tropas de la Alemania nazi
en el Magreb) y hasta soldados norcoreanos en la región de Kursk. Nada de ello
fue suficiente, además de los drones de fabricación iraní y el apoyo logístico
de la República Popular China. Los días de conflicto de Rusia contra Ucrania ya han superado los que
combatió la URSS contra la Alemania nazi, y sus avances son magros en
comparación con la cantidad de muertos, heridos, arsenal utilizado y
destrucción sistemática de pueblos y ciudades.
Tal como lo aprendieron los
países que intervinieron en la Gran Guerra de 1914 a 1918, una conflagración
extensa supone una sociedad totalmente comprometida con el esfuerzo bélico y
que los recursos se dedican cada vez más a las fuerzas armadas, en detrimento
de la población civil. Como el régimen de Vladímir Putin no contempló un
conflicto de cuatro años, y a pesar de sus intentos de disimular el impacto que
tiene en la economía rusa, es evidente que no puede sostener durante tanto
tiempo esta confrontación que lo terminará debilitando, interna y externamente.
Aun así, Putin sigue apostando a una victoria militar que no sólo cercene el
territorio ucraniano, sino que además someta al país restante a su esfera de
influencia como un satélite obediente, como ocurre con Bielorrusia.
Resultados no buscados ni
deseados por Putin, fueron la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN,
así como el creciente rearme europeo frente a la amenaza rusa. A pesar de la
mirada desdeñosa que tiene el liderazgo del Kremlin, y que comparten varios
personajes del entorno del presidente Donald Trump respecto al viejo continente
y sus instituciones, Europa está sumamente integrada y tiene líderes políticos
y cuerpos académicos plenamente conscientes de sus debilidades, y que por ello están
actuando para revertir las falencias. Tal y como ha acontecido en varias
oportunidades en el siglo XX, las democracias liberales son criticadas como
“débiles”, “cómodas” y “cobardes”, porque los regímenes autoritarios saben cómo
ocultar sus fracturas, corrupciones y mentiras. Pero han sido las sociedades
abiertas las que han tenido el dinamismo y la capacidad de superarse ante las
adversidades en los grandes conflictos del pasado.
Lo que resulta urgente es
lograr un cese de fuego, para que la población civil de Ucrania pueda retornar
a su vida normal y comenzar la reconstrucción. Esto es inmediatamente posible
cuando el agresor termine con sus ataques constantes y devuelva a los niños
ucranianos secuestrados y sometidos a la rusificación, como primeras señales de
una verdadera voluntad de negociar una paz duradera y estable. Las heridas
profundas que ahora separan a ambas naciones tomarán varios decenios en
cicatrizar, y es un proceso que no puede apresurarse ni ser forzado. Cerca de
allí está la península balcánica para recordarnos esa terrible lección del
pasado reciente de la humanidad.
Publicado en Infobae, lunes 2 de febrero de 2026.
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