miércoles, 24 de abril de 2013

Mercosur: sobran palabras, faltan instituciones.

Por Ricardo López Göttig


Recorrieron el orbe, con la velocidad impresa por las redes sociales, los comentarios que hizo el presidente José Mujica sobre Néstor y Cristina Kirchner. Uno de los primeros temores que surgieron en la República Oriental del Uruguay fue que este episodio de desliz verbal provocará más distanciamiento entre ambos gobiernos.
La relación no fue buena durante las presidencias de Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez por el conflicto que se despertó con la instalación de la pastera Botnia y el corte que hicieron los asambleístas de Gualeguaychú al puente internacional General San Martín, impidiendo el tránsito de personas y mercancías en esa importante vía de comunicación.
Si bien ese obstáculo se levantó, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner fue elevando nuevos muros, menos visibles, pero no menos avasallantes de derechos fundamentales, que entorpecen el desarrollo comercial: las barreras proteccionistas, los rígidos controles cambiarios a los ciudadanos argentinos y los impuestos al turismo en el exterior. Todo ello en el marco de un Mercosur que, debilitado por las inconsistencias internas, va languideciendo en camino hacia la extinción.
Si el Mercosur tuviera normas acatadas por todos e instituciones sólidas, los dichos del presidente Mujica no deberían alterar el normal desenvolvimiento en la fluidez del turismo y el comercio entre las dos naciones rioplatenses. Sería una simple nota de curiosidad periodística. Pero basta con la lectura del artículo 1° del Tratado de Asunción para poner en evidencia que, después de veintidós años, el Mercosur es una bella expresión de deseos lejos de cumplirse.
El Mercosur se ha manejado como una relación a veces cordial, otras veces tempestuosa, entre los presidentes de los países miembros. La Unión Europea, que reúne en un grado mucho más complejo y completo veintisiete países miembros, no tembló en sus cimientos cuando el entonces primer ministro italiano Silvio Berlusconi habló en términos denigrantes de la canciller alemana Angela Merkel en el 2011, porque esa comunidad política y económica tiene instituciones, normas y mecanismos que trascienden a los gobernantes de turno.
Los países sudamericanos han logrado transiciones pacíficas de dictaduras a Estados de Derecho, pero sólo unos pocos dieron pasos significativos para afianzar instituciones y políticas de largo plazo que no estén sometidas al vaivén de caprichos circunstanciales. La seguridad jurídica, que significa estabilidad y cumplimiento de las normas, crea una atmósfera propicia para el ahorro, la inversión y el crecimiento, y cuantas más garantías haya de su vigencia, más herramientas habrá para la paz y la prosperidad en la región. No obstante, esas instituciones no han logrado plasmarse en el Mercosur ni en ninguno de los otros intentos de integración latinoamericana, quedando en meras cumbres de presidentes y no en instituciones gobernadas por leyes.
América del Sur está necesitando más instituciones y menos palabras.

Artículo publicado en Infobae, miércoles 24 de abril del 2013.

viernes, 19 de abril de 2013

La radicalización del populismo, presión para la Corte.


Por Ricardo López Göttig
La presidenta Cristina Fernández ha abierto un nuevo frente de conflicto al impulsar un paquete de leyes bautizado de "democratización de la Justicia", que en el caso de la reforma del Consejo de la Magistratura está claramente reñido con el texto de la Constitución en su artículo 114. El proyecto específico no sólo apunta a la politización manifiesta del Consejo, con la elección por voto popular de sus miembros, sino que además pone en jaque la independencia remanente del Poder Judicial y, en particular, a la Corte Suprema de Justicia. Es otro paso de la lógica populista que anima al kirchnerismo desde sus inicios: confrontar, desprestigiar, azuzar el enfrentamiento y derrumbar los límites institucionales al poder, desarmando el principio del equilibrio de poderes que anima al sistema republicano.
Y es que, a diferencia de la lógica de las democracias liberales, en donde impera el espíritu pluralista, el imperio de las leyes y la búsqueda de consensos en las cuestiones fundamentales, el populismo se alimenta de la polarización que va creando, tensando al máximo a la opinión pública en sectores irreconciliables. La función del Consejo de la Magistratura es despolitizar la selección de los jueces, buscando el equilibrio plurisectorial al establecer una composición con cuatro sectores: representantes de los legisladores nacionales, del Poder Ejecutivo, de los magistrados y abogados y del ámbito académico. El equilibrio es un factor esencial, ya que ningún sector debe predominar.
La elección directa en las urnas no sólo no está contemplada en la Constitución y le daría un inocultable barniz político partidario a este órgano, sino que además le quitaría el equilibrio necesario para la selección consensuada de magistrados irreprochables en su conducta y altamente calificados en su conocimiento de la ciencia jurídica.
¿Qué ocurriría si la Corte Suprema declarara inconstitucional esta reforma? Difícilmente el kirchnerismo, a través de sus voceros políticos y mediáticos, se abstendría de acusar al máximo tribunal de participar de una vasta conspiración desestabilizadora, procurando introducir un factor de presión fortísima a la decisión que los ministros deben tomar en su rol de control de la constitucionalidad de las leyes.
Con este nuevo frente de conflicto, se buscaría enlodar entonces a la Corte Suprema, sabiendo que los jueces sólo deben hablar a través de sus sentencias, evitando dar opiniones o discursos de tribuna.
En un año electoral difícil y desconcertante, en medio de señales de zozobra por desastres climáticos e incertidumbre económica, la presidenta impulsa un nuevo elemento disruptivo para profundizar la radicalización del populismo, debilitando las instituciones y la seguridad jurídica.
Publicado en el diario Río Negro, 17 de abril del 2013.

martes, 12 de marzo de 2013

La tentación jacobina.

Por Ricardo López Göttig

Los jacobinos han pasado a la historia como la fracción radical de la revolución francesa, encarnados por la figura de Robespierre y fácilmente identificables con el emblema sangriento de la guillotina.
El líder más notorio de los jacobinos y el instrumento de terror y crimen nos pueden hacer olvidar cuál era el ideario de estos revolucionarios que buscaron cambiar la humanidad desde la raíz. Los jacobinos estaban plenamente convencidos de que era posible crear una nueva sociedad desde cero, casi ex nihilo, enarbolando el estandarte de la razón, arrasando con el pasado que consideraban oprobioso, tenebroso y del que nada bueno podía aprenderse.
Así es como establecieron un nuevo calendario, el republicano, reemplazando al gregoriano de carácter cristiano. Las semanas tenían diez días -el diez es "racional"-, con lo que de paso se borraba el domingo. Nos dejaron el sistema métrico decimal -nuevamente el diez-, a fin de unificar todos los sistemas de pesos y medidas que había en Francia. 
En su deseo de crearlo todo de nuevo, emprendieron la persecución de las religiones, sobre todo el cristianismo que era ampliamente mayoritario en la nación gala, e intentaron imponer un nuevo culto a la Razón, con su propio ceremonial. La religión, la propiedad privada, las tradiciones regionales, las costumbres comerciales, incluso los apellidos: todo era sometido a un proceso de profundo cambio.
Y para ello rodaron cabezas de monárquicos, clérigos, aristócratas, funcionarios, moderados, girondinos y, también, de jacobinos...
Quien supo ver con claridad el terremoto político y social que estaba en ebullición en Francia desde sus primeros pasos fue Edmund Burke quien, en sus lúcidas Reflexiones sobre la revolución francesa, advirtió antes de los años del Terror sobre las graves consecuencias de lo que denominó la geometría y la aritmética aplicadas a la política. Estos intentos de imponer lo exacto en el comportamiento humano han desembocado en las peores atrocidades, porque se basan en la concepción de que es posible moldear y fijar el comportamiento de las personas tal y como estos ideólogos y políticos de laboratorio imaginan. 
Y es que, en lugar de tomar al ser humano tal y como es, los utopistas pretenden crear una nueva especie a través de nuevas reglas y condiciones, como si fuera una plastilina maleable. Un nuevo humano autómata al servicio de una causa superior, sin ambiciones ni dobleces, sin sueños ni miserias, puro y desinteresado.
Esta tentación jacobina se puede hallar en varias corrientes de pensamiento, hasta en aquellas que presumen de ser lo contrario, porque se fundamentan en un homo abstracto, concebido sólo en sus mentes, un homúnculo que responde con precisión a los estímulos. Así es como todas las utopías son coherentes, "cierran" en sí mismas, sin fisuras. El enamoramiento con estas ideas se fortalece cuando se "convencen" unos a otros en círculos estrechos, sin contacto con otras ideas ni, mucho menos, con la observación de la realidad cotidiana.
Muchos discursos de renovación -o innovación, o revolución- generacional tienen impregnada la tentación jacobina, como si las generaciones que nos precedieron hubieran sido hatajos de necios cuya herencia y experiencia debe ser enterrada. Para todo tienen respuesta sin necesidad de estudiar cada caso particular, poseedores de una fórmula mágica que nos llevará a la felicidad y la solución definitiva a todos los problemas.
Las tentaciones ideológicas y políticas abstractas son atractivas, simples, todo lo abarcan. Son panaceas. 
Pero son embarcaciones que, cuando son echadas al agua, rápidamente se hunden. Y para salvar la idea superior, nos dirán que ese barco no fue debidamente diseñado por los genios del laboratorio, sino por meros imitadores.
Evitemos las fórmulas sencillas. La realidad humana es compleja, fascinante, desconcertante; y para aproximarse a ella se requiere de paciencia, estudio y diversidad de visiones.

martes, 5 de marzo de 2013

Ausencias en el discurso presidencial.

Por Ricardo López Göttig

El extenso discurso apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la presidente Cristina Fernández de Kirchner tuvo claras lagunas. 
Más allá de varios errores históricos, cifras cuestionables y de promover la idea de que a partir del 2003 hubo una ruptura significativa con todo lo anterior, el tono de épica no pudo disimular que la Argentina continúa ignorando cuáles son los lineamientos profundos y de largo alcance de la administración kirchnerista.
Básicamente, se desconocen cuáles son los principios fundamentales que guían al gobierno, porque en ninguna de las dos campañas electorales, del 2007 y 2011, la Presidente expuso cuál es su programa y la filosofía que lo anima. Hay slogans que poco y nada aportan. 
Otra visión del decenio, diferente del balance presidencial, puede reflejar que existió un avance del Estado sobre la inversión privada y también de los contratos en nombre de un vago “proyecto nacional y popular” del que no se puede adivinar su alcance, contenido y contorno. 
También hubo un constante deterioro de las instituciones que sirven de equilibrio al Poder Ejecutivo, a la par que se debilitó la estructura partidaria en la que los Kirchner desarrollaron su vida política.
En el discurso abundaron las referencias a la intervención estatal: no como un auxilio en la emergencia, sino como el gran estratega y ejecutor de las grandes decisiones, dejando a un costado a la inversión privada. Es por ello que no hubo señales para el emprendedor sobre condiciones favorables a su desenvolvimiento, ni referencias a la política de grilletes cambiarios o la inflación. 
El derecho de propiedad, ese gran ausente tan vapuleado durante los casi diez años de kirchnerismo, está sujeto a los vaivenes del momento. Allí están las expropiaciones de las AFJP e YPF, las prohibiciones a la compra de divisas, los controles de precios y los cambios constantes de las reglas de juego.
No hubo, tampoco, referencias a tratados de libre comercio ni al porvenir del Mercosur, que va perdiendo año tras año su razón de ser. Mientras los países del Pacífico están debatiendo el Trans-Pacific Partnership para unir Asia y el continente americano en un gran mercado común, a la vez que se esboza la idea de un acuerdo entre la Unión Europea y Estados Unidos, el gobierno argentino se empecina en su visión lugareña, encerrándose en la estrechez del barrio y haciendo comentarios irónicos sobre la crisis europea.
Esta ausencia de definiciones, que en cualquier democracia liberal madura sería cuestionada, es una de las fortalezas del kirchnerismo en el contexto de la Argentina posterior a la crisis del 2001, porque le permite maniobrar con toda la amplitud posible para acumular poder con el argumento más efectista del momento.
¿Qué cabe esperar del discurso presidencial? En lo inmediato y con vistas a las próximas elecciones, no habría cambios de rumbo y sí una posible radicalización de las políticas populistas, a fin de asegurarse el voto duro del kirchnerismo. Esto estrategia supondrá que no sólo continuarán los embates contra los rivales que hoy se fijado el gobierno, sino la suma de nuevos frentes de conflicto, buscando una fuerte polarización que le permita mantener la primera minoría electoral ante una oposición dispersa.


Publicado en El Cronista Comercial, 5 de marzo del 2013.

jueves, 14 de febrero de 2013

La "vía uruguaya" al socialismo.


Señor Director, 

He leído con interés el reportaje al ministro Daniel Olesker, en el que incursiona brevemente en la filosofía política, esbozando los rasgos de lo que, a su criterio, debería ser un eventual tercer gobierno del Frente Amplio.
Es curioso que Olesker se refiera a la visión clásica de Karl Marx, quien suponía que el socialismo sería una etapa posterior a un capitalismo industrial plenamente desarrollado, como el que estaba recién en sus fases iniciales en Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Alemania en el siglo XIX. Esto tenía una significación para Marx y Engels, y es que el obrero industrial tomaba conciencia de su clase y de su “explotación” en el trabajo mecanizado, que lo “alienaba”. Para Marx, no era el campesino un revolucionario, sino precisamente lo contrario: un reaccionario. Tampoco lo era el marginal, al que denomina “lumpenproletariat”. Basta con leer “El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte”, para comprender su visión sobre estos sectores de la sociedad capitalista francesa. El socialismo marxista, o “científico”, era de fábricas de chimeneas humeantes, de despliegue de la industria, que barría con lo artesanal y la naturaleza.
Pues bien, creo que la República Oriental del Uruguay está bastante lejos de una situación de esas características. 
Confundir “socialismo” con una fuerte presencia estatal es otro error: Marx concebía al socialismo en tanto dictadura del proletariado –es decir, de los obreros industriales con conciencia de clase-, que tomarían los medios de producción con los que estaban trabajando. Pero Olesker parece haber olvidado las experiencias ruinosas del socialismo real de la Unión Soviética, de los países de Europa oriental, e incluso de aquellos que intentaron vías nacionales hacia el socialismo, como la ex Yugoslavia o China bajo Mao Zedong. En ninguno de estos países gobernaron los obreros industriales, sino los aparatos partidarios con una disciplina rígida, centralista, tal como la concibió Lenin para alcanzar y mantener el poder en la URSS. 
Concedamos que el ministro Olesker, quizás por la brevedad de un reportaje, no haya podido explayarse en profundidad. Porque Karl Marx no escribió sobre cómo sería el socialismo, más allá de que lo consideraba una etapa intermedia para arribar, inexorablemente, a la era final, que era el comunismo. Entonces, ¿en qué se basaron los bolcheviques para diseñar el estado soviético? En el modelo de economía centralizada del Kaiser Guillermo II, de Alemania, durante la primera guerra mundial. ¿A Guillermo II lo podríamos considerar como el primer socialista, formaría hoy parte del Frente Amplio? No lo creo, pero quizás el ministro Olesker lo incorporaría como un camarada de ruta hacia el protosocialismo.
Es interesante que no haya hecho mención, tampoco, de los intentos fracasados del socialismo por crear sociedades de consumo en Checoslovaquia, Hungría y Polonia durante los años sesenta y setenta. De algún modo debían legitimarse esos regímenes totalitarios, y procuraron hacerlo incentivando el consumo de electrodomésticos, automóviles y vacaciones en Bulgaria… Hungría, bajo el régimen de Kádár, recibió créditos baratos de Occidente para desarrollar su industria, un sistema que se conoció con el rótulo de “socialismo gulash” que permitió algunas rendijas de iniciativa privada para darle aire a una economía estancada de planificación central. ¿Ha olvidado, acaso, el atraso tecnológico que hubo en los países socialistas en comparación con el Occidente democrático? ¿Y las constantes violaciones a las libertades individuales, los genocidios masivos, las purgas, la persecución a todo pensamiento independiente, la censura y el deterioro ambiental? ¿Desconoce que hubo una “biología socialista” con dogmas impuestos desde el poder y que tuvo resultados catastróficos?
Hemos visto, un mes atrás, cómo se desvaneció en el aire la famosa profecía maya del fin del mundo. Se han escuchado, durante un siglo y medio, varios anuncios del “fin del capitalismo”: después de la primera guerra mundial, con la crisis de 1929, tras la segunda conflagración planetaria, en los años sesenta, con la crisis financiera de 1987, y ahora con la crisis europea… Pero es que se empeñan en suponer que la economía de mercado es un sistema manejado por unos pocos hilos, cual titiriteros, en lugar de concebirla como un proceso dinámico de millones de interacciones espontáneas que crean y recrean las posibilidades de la producción. 
Por último, no deja de asombrarme esta versión “new age” y “post materialista” del socialismo, que privilegia el “ser” sobre el “tener”, muy acorde a estos tiempos de espiritualismo a la carta, evanescente como lectura playera de verano. Sea como fuere, bienvenido el debate de la filosofía política.


Publicado en el semanario Búsqueda, jueves 14 de febrero del 2013.

martes, 11 de diciembre de 2012

Educación pública y privada.


Señor Director, 

Advierto en noticias y comentarios referidos a la situación educativa uruguaya cierto tono de lamentación por el crecimiento de la cantidad de alumnos en las escuelas privadas, como si esto fuese reprochable en sí mismo. Algunos medios parecieran hacer mención a la educación privada en un tono de disculpa, vergonzante, como si esta no debiera existir, y que es tolerable como un mal menor pero que, en lo posible, habría que remediar a corto plazo.
Muy por el contrario, creo que la iniciativa privada en la educación debe ser bienvenida, porque crea instituciones que permiten la innovación, la atención personalizada de los alumnos y un clima favorable al estudio. Muchas han sabido incorporar nuevas metodologías y tecnologías, logrando mejores resultados, porque no están atadas a la burocracia. Lo que es reprochable, sí, es que el sistema estatal no atienda a estas señales y persista en su condición decadente. 
América latina está prisionera de la mentalidad estatista, que mira con recelo a la innovación privada, y como si sólo desde la esfera pública pudieran brindarse más y mejores oportunidades para educarse, como herramienta del ascenso social. Debemos despojarnos de esa “sospecha” hacia la iniciativa privada en la educación y ésta, a su vez, debe mostrar y seguir demostrando sin complejos cómo enriquece en capacidades y conocimientos a sus estudiantes. 


Carta publicada en el semanario Búsqueda, jueves 6 de diciembre del 2012.

martes, 13 de noviembre de 2012

El proteccionismo argentino.


Señor Director:

El reciente encuentro en la sede del Partido Colorado de los cuatro ex presidentes de la República Oriental del Uruguay para hablar sobre el presente y el futuro del Mercosur, no sólo tiene la singularidad de que es un evento inimaginable en otros países de la región, sino que también demuestra la viva preocupación por la mala salud de la unión aduanera y comercial.
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se ha embarcado en una política proteccionista y de grilletes cambiarios que le restan dinamismo a la economía argentina, restringen libertades de sus habitantes y afectan a los países vecinos. En rigor, han sido pocas las ocasiones en que Argentina ha disfrutado de cierta apertura comercial -aunque bastante limitadas-, aun cuando en buena parte de la historiografía de ese país se sostiene que hubo tiempos de librecambismo laissez faire. 
Cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata se independizaron de España, se procuró mantener unido un virreinato cuyas partes poco tenían en común. Ese virreinato existió apenas 34 años, tiempo escaso, sobre todo porque las instituciones y las normas fueron impuestas desde la metrópoli. Las provincias del actual Norte argentino, así el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) estaban fuertemente vinculadas con el virreinato del Perú, del que antes formaba parte el virreinato del Río de la Plata. Las provincias de Cuyo habían sido parte de la Capitanía General de Chile. Por la rígida política comercial española, las mercancías que ingresaban al puerto de Buenos Aires transitaban hacia el centro y norte del virreinato, pasando por varias aduanas y pagando una gran cantidad de impuestos, encareciendo astronómicamente los precios. Tras la emancipación, las provincias mantuvieron las aduanas interiores, puesto que era su principal fuente de ingresos.
Pero en 1852, por el Acuerdo de San Nicolás, los gobernadores provinciales de la Confederación Argentina resolvieron eliminar las aduanas interiores. Las aduanas exteriores habrían de nacionalizarse, siendo el puerto de Buenos Aires el que tenía el 90% del comercio internacional. La legislatura porteña se opuso denodadamente a esta nacionalización que la privaba de su fuente de recursos y, de hecho, el Estado de Buenos Aires fue independiente –aunque nunca hubo una declaración en tal sentido- de la Confederación entre septiembre de 1852 hasta 1859. Las trece provincias restantes penaron sin recursos, empobrecidas por la inútil guerra aduanera en la que se empeñó con Buenos Aires. Luego, por la reforma constitucional de 1860, se acordó que la provincia de Buenos Aires habría de seguir recibiendo gran parte de los impuestos aduaneros de importación y exportación hasta 1866. 
Desde estos años hasta el decenio de 1930, entre el 90 y el 80% de los recursos del Estado argentino provenían de los impuestos aduaneros. En agosto de cada año se debatía en el Congreso la ley de Aduanas, que establecía las tarifas. Más tarde, ya teniendo esta ley aprobada, se debatía el presupuesto del año siguiente.
No obstante el proclamado federalismo que define a la Constitución argentina, lo cierto es que convive con un sistema unitario de facto. Fueron y son varias las provincias que viven del presupuesto del gobierno federal y que, por su presencia en el Congreso –particularmente por la representación igualitaria en el Senado- hacen de su debilidad su principal fortaleza. De este modo, las provincias que tenían una industria no competitiva que querían mantener protegida, articulaban coaliciones con fuerte peso parlamentario, a la vez que tenían un gran peso en los colegios electorales que elegían al presidente. Los gobiernos de signo conservador como el del Partido Autonomista Nacional sostuvieron el proteccionismo con altas tasas aduaneras, entre un 50 y 60% sobre el precio de las mercaderías importadas, y en algunos rubros como el vino, el azúcar y el tabaco estos pasaban del 100%. El primer partido político que sostuvo el librecambio para favorecer al consumidor urbano fue la Unión Cívica Radical, en 1894-1896, que logró obtener escaños en provincias con fuerte orientación agroexportadora.
Pero ya antes de llegar al gobierno, la UCR abandonó el librecambio, bandera que fue levantada entonces por el Partido Socialista, con presencia en la Ciudad de Buenos Aires. Los radicales de provincias como Tucumán y Mendoza se declararon proteccionistas, ya que vivían del azúcar y el vino, respectivamente. Los radicales de Santa Fe, en cambio, eran librecambistas: una provincia agroexportadora que se orientaba al comercio internacional.
Esta coalición de intereses proteccionistas, rígida e ineficiente, se amplió hacia otros rubros como la industria textil en la provincia de Buenos Aires en el siglo XX. De este modo, los sucesivos gobiernos argentinos fueron creando los obstáculos para su propio dinamismo y desarrollo industrial, levantando murallas chinas que la hubieran obligado a competir e invertir en nuevos y mejores bienes de capital. Esta situación se prolongó con los gobiernos de signo peronista y golpes militares.
La vieja estructura conservadora se preservó con el Partido Justicialista, peronismo, kirchnerismo o como quiera denominárselo. Es un entramado de intereses que mantiene el traspaso de recursos de sectores altamente competitivos hacia gobiernos provinciales que no pueden solventarse, perpetuando una maquinaria de pobreza y estancamiento. Los vecinos del Mercosur podrán reclamar mayor institucionalidad, el cumplimiento de los tratados y compromisos asumidos, pero seguirá imperando esta lógica hacia adentro mientras no se sincere en Argentina un federalismo que es de palabra, pero de dependencia unitaria en los hechos.


Ricardo López Göttig


Carta publicada en el semanario Búsqueda, 8 de noviembre del 2012.