lunes, 24 de octubre de 2011

La mitologización de Kirchner.

Por Ricardo López Göttig

El 23 de octubre del 2011, hemos asistido a una elección presidencial y legislativa en la que la abrumadora mayoría de la ciudadanía argentina entregó una masa de poder sin contrapeso a Cristina Fernández de Kirchner, sin que las escuálidas corrientes opositoras pudieran ejercer el equilibrio en las urnas. Además de la inmensa cantidad de recursos que desplegó el gobierno para asegurarse la victoria, hay un discurso que lo acompaña y que le sirvió para sumar a los nuevos segmentos de votantes en las franjas más jóvenes.

Ese relato épico es parte de un proceso de mitologización del ex presidente Néstor Kirchner, que con tanta audacia y arbitrariedad viene manipulando la legión de comunicadores e intelectuales al servicio del gobierno. ¿Qué significa esto? Néstor Kirchner, que llegó de la mano del entonces saliente Eduardo Duhalde en un agitado proceso electoral en el año 2003, accedió a la presidencia con un exiguo 22% de los sufragios en la primera y única vuelta de esos comicios, siendo el segundo en las preferencias en las urnas. No obstante, supo convertir a esa debilidad en virtud, logrando desde la verticalidad del aparato justicialista el disciplinamiento de la mayoría de los legisladores, gobernadores e intendentes tras su proyecto de reconstrucción del poder presidencial. Consolidado en las elecciones legislativas del 2005, logró imponer a su esposa y senadora Cristina Fernández de Kirchner como sucesora para la primera magistratura en el 2007. El fuerte retroceso del kirchnerismo en la renovación parlamentaria del 2009 pudo suponer un óbice poderoso para las ambiciones de reelección de Néstor Kirchner, pero su fallecimiento produjo un vuelco inesperado de simpatías por la presidente viuda. A partir de ese momento, a la épica de Kirchner contra las voces opositoras, en consonancia con la lógica militarista de “amigo-enemigo” que el peronismo heredó en su etapa fundacional de movimientos nacionalistas y fascistas europeos, se superpuso la creación del mito del ex presidente.

El kirchnerismo, un movimiento heterogéneo, precisa de un mito movilizador que logre articular sus distintos elementos y que le brinde la dinámica necesaria para la permanencia en el poder. Así es como se fue creando un “relato” en torno a Kirchner, transformándolo en un ideólogo, modelo de militante, mártir de la causa y líder político simultáneamente. Poco y nada importan los datos empíricos a la hora de elaborar el relato mitológico: en el predominio del sentimiento, el documento que exige el historiador se borra, se calla y se disimula en el olvido. El imperio de las imágenes predomina sobre la razón, se crea un vocabulario propio y hasta un mausoleo napoleónico para recordarlo a “él”. “Él”, porque como en toda corriente religiosa, su mención es poderosa y se debe administrar con cautela. Asistimos, pues, a los primeros pasos de una religión política, electoralmente eficiente, con sus propios rituales, iconos y calendario litúrgico.

Esto no es nuevo en el peronismo, que supo vertebrar el culto a la personalidad de su fundador y de su segunda esposa, también fallecida en dolorosas circunstancias. Perón, no obstante, es desplazado del nuevo relato: ya es demasiado lejano en el tiempo y, además, difícilmente logra encajar en la figura del líder idealista y desafiante que se pretende forjar en torno a Kirchner. Ni uno ni el otro lo fueron: pero eso va quedando en el debate del restringido ámbito académico, que debería ser distante –y hasta escéptico- del sentimiento militante.

Ignoramos si este proceso de mitologización habrá de perdurar en el tiempo, pero son cada vez más sus impulsores y hagiógrafos en los medios de comunicación, en las aulas universitarias y las tribunas políticas. Por el porvenir de las instituciones y del pluralismo, sería benéfico que piadosamente se lo arrumbara en el desván de las crasas religiones políticas que tanto daño hacen a la humanidad.

sábado, 2 de abril de 2011

All human rights in Czech agenda.

If human rights are a huge priority for the Cristina Fernández de Kirchner administration, they are equally important for Prague, as Czech Foreign Minister and Vice-President Karel Schwarzenberg made clear at a Thursday session of CADAL think tank — with perhaps the main difference being that nobody would accuse the Czechs of double standards. Even if President Vaclav Klaus heading the mission has been the most dominant politician of the post-Soviet Czech Republic after his legendary namesake Vaclav Havel, Schwarzenberg is very much a personality in his own right — and not just because of his princely name. Somehow human rights have followed him his whole life since hiding in an attic from the Gestapo in his earliest years before being forced to flee his native land after the Communist takeover in 1948.For the next 41 years he was based in Austria where Bruno Kreisky (Austrian Chancellor from 1970 to 1983) first lured him into official work as president of the Helsinki International Committee for Human Rights. Like charity, concern for human rights begins at home, Schwarzenberg said, and his initial interest was in the Central and Eastern European region, eventually meeting Soviet dissident Andrei Sakharov (an unforgettable experience), but Helsinki work covered the whole world, not even sparing the United States over some executions.But then Havel asked him to join him following the triumph of the Velvet Revolution in his homeland and Schwarzenberg left international work (not before personally witnessing Romania’s dramatic revolution of 1989). But Czech government work did not mean an end to his human rights commitment — he has had occasion to visit Cuba where he met the main free dissidents (Cubans are “wonderfully friendly” if poor people) and since becoming foreign minister in 2007, he has ticked off the French government over its treatment of gypsies. How much time does the Foreign Ministry leave him for human rights, the Herald asked him, suggesting that perhaps the Lisbon Treaty and the European Union’s new external service might give him a new freedom. It was not a question of “If it’s Tuesday morning, it must be human rights,” the minister replied — human rights issues come and go at the forefront of foreign policy and some periods are more important than others (now is a case in point with the developments in North Africa). Two of his concluding thoughts on human rights — since humans are naturally criminal, human rights will always need defending and since dictators always take themselves too seriously, a sense of humour can be the best antidote.Schwarzenberg also said that he had compared notes with his local counterpart Héctor Timerman on regional integration — whereas the EU’s integration was intensifying, Schwarzenberg noted that in this region there were still separate communities for the economic (Mercosur) and political (Unasur) spheres and this would need to change. A commitment to open markets was also fundamental. The session was introduced by CADAL President Gabriel Salvia, who said that having suffered dictatorship themselves, the Czechs knew how to respond to the solidarity of others. He was followed by Cuban neurosurgeon Hilda Molina whose gratitude to the efforts of Czech diplomats on behalf of dissidents (singling out Stanislav Kazecky in particular) was so great that she brought along her 92-year-old mother in her care rather than miss the occasion. Molina described the Castro dictatorship as so oppressive that it forced even scientifically minded persons such as herself to politicize — her own break with the regime came over the gross contradiction of medical tourism, turning Cuban patients into second-class citizens in their own country. Schwarzenberg was then awarded a plaque in honour of the Czech Republic’s human rights commitments by Ricardo López Göttig, a history doctorate from the Karlova (Charles) University in Prague who spoke in fluent Czech. The aristocrat described himself as “touched” by an award he did not deserve — he had simply been lucky to find an activity which was its own reward. The Herald is not a historical journal but a few lines of history are necessary to underline the importance of the Schwarzenberg family in the history of old Habsburg empire as fabulously wealthy aristocrats — their estates in Bohemia alone covered nearly 200,000 hectares (with several more in Austria and Bavaria). The first-born son of the family has always been called Karel or Karl in German — this Schwarzenberg is Karel VII while the first Karl Schwarzenberg was the victor of the “Battle of the Nations” over Napoleon at Leipzig in 1813 (the year the composer Richard Wagner was born in that Saxon city). Felix Schwarzenberg (from another branch of the princely family) succeeded Metternich as Austrian chancellor following the 1848 revolution. Publicado en el Buenos Aires Herald, sábado 2 de abril del 2011.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La historia del uso de las colectoras.

Por Ricardo López Göttig

Con el objetivo de sumar todos los votos posibles, el kirchnerismo ha diseñado el sistema de las listas colectoras: detrás de la fórmula presidencial, van adosadas una gran variedad de diferentes partidos, cada uno con sus propios candidatos. Lo que busca, pues, es que esos aliados no concurran a los comicios con fórmulas propias para la presidencia de la Nación.
Esta alquimia política no es nueva en la historia argentina. Los antecedentes, curiosamente, no son los que al kirchnerismo satisfarían.
En 1928, las fuerzas que se oponían al retorno de Hipólito Yrigoyen a la presidencia se congregaron en el Frente Único, una coalición que solamente estaba unificada por la fórmula presidencial de Leopoldo Melo y Vicente Gallo, ambos radicales antipersonalistas. Como la elección del Poder Ejecutivo era indirecta a través de los colegios electorales, cada fuerza política concurrió con su propia lista de electores, así como también iban por separado, con sus propias listas de diputados nacionales, los radicales antipersonalistas y las fuerzas conservadoras. Vale recordar que, a pesar de esta alianza circunstancial, Hipólito Yrigoyen duplicó en las urnas a los nominados por el Frente Único.
En noviembre de 1931 se celebraron nuevos comicios generales para electores de presidente y vicepresidente, diputados nacionales, gobernadores, legisladores provinciales y autoridades municipales, tras el golpe de Estado de 1930. Se trataba de la elección de la totalidad de los cargos emanados de la soberanía popular. El general Agustín P. Justo era el candidato oficial y, para ello, contaba con el respaldo de los radicales antipersonalistas, el Partido Demócrata Nacional (conservadores) y el minúsculo Partido Socialista Independiente. Nuevamente, en lo único en que coincidían estas tres fuerzas era en el compromiso de votar en los colegios electorales al general Justo, ya que incluso para el vicepresidente los antipersonalistas tuvieron su nominado, José Nicolás Matienzo, en tanto que las fuerzas conservadoras postularon a Julio Roca (h), cuestión que se dirimiría a favor del que tuviera más electores. Una vez más, también para diputados nacionales cada uno de estos partidos participó con su propia lista.
En las elecciones generales de febrero de 1946, en las que el candidato oficial era el coronel Juan Domingo Perón, tanto la coalición gubernamental de laboristas y de los radicales disidentes de la Junta Reorganizadora, como la alianza opositora de la Unión Democrática (radicales, socialistas, demócratas progresistas y comunistas), cada partido compitió con su propia lista de diputados nacionales, unidos sólo por sus fórmulas presidenciales.
Estas alquimias, sin embargo, tenían un elemento de disuasión para evitar la dispersión infinita: la Ley Sáenz Peña otorgaba representación solamente a las dos listas más votadas, con un sistema de mayoría y minoría –podían ser electos, también, los candidatos individualmente más votados en detrimento del partido minoritario-. Esto implicaba que, al competir entre sí los partidos que apoyaban a una fórmula, podían favorecer a su pesar que el rival ganara la mayoría de las bancas para el Congreso. Un ejemplo de ello fue que en 1946, la Unión Cívica Radical logró 44 diputados nacionales, el PDP uno solo por Santa Fe, y el Partido Socialista –de gran raigambre en la Capital Federal durante tres decenios-, no obtuvo representación parlamentaria entre 1946 y 1955.
Dos maneras de evitar estas confusiones deliberadas en los electores son: la separación de las fechas de comicios de legisladores nacionales y candidatos presidenciales y el uso del sufragio electrónico. Se disminuiría sensiblemente el efecto de este artilugio que arroja sombras sobre un proceso electoral que debería ser simple y transparente.

Publicado por CADAL el 14 de febrero del 2011.

domingo, 30 de enero de 2011

Tocqueville y Argelia.

Por Ricardo López Göttig (Para el Club del Progreso)

Alexis de Tocqueville es recordado por dos grandes libros: “La democracia en América”, fruto de su viaje a los Estados Unidos y que le dio gran notoriedad en la Francia de la monarquía de Julio, y “El Antiguo Régimen y la Revolución”, primera parte de sus estudios inconclusos, publicado tres años antes de su muerte prematura, en tiempos del Segundo Imperio. El primero de sus libros le sirvió para iniciar su carrera parlamentaria; el segundo, fue el resultado de su retiro de la arena política, dado su rechazo al emperador Napoleón III.
Pero en general se pasa por alto que Tocqueville fue diputado durante el reinado de Luis Felipe de Orléans, y luego asambleísta constituyente y ministro de Relaciones Exteriores durante la Segunda República. En su actuación parlamentaria, prestó especial atención a la posición internacional de Francia y visitó en dos ocasiones Argelia, que desde 1830 era posesión colonial gala en el norte de África. Conquistada por iniciativa de Carlos X para ganar popularidad en los últimos días de su reinado, los sucesivos gobiernos de Francia en los siglos XIX y XX –monarquía, imperio y república- mantuvieron a Argelia dentro de sus dominios coloniales hasta 1962, año en que el presidente Charles de Gaulle reconoció su independencia tras una cruenta guerra.
¿Cuál fue la posición de Alexis de Tocqueville sobre Argelia? Podemos conocer sus ideas y programas gracias a sus escritos, que engrosan los varios volúmenes de sus obras completas. Adentrémonos, pues, a su pensamiento.
El primero de los textos de Tocqueville sobre Argelia data de 1837, cuando publica dos extensas y eruditas cartas en La Presse de Seine-et-Oise, en plena campaña electoral para ganar un escaño por el distrito de Versalles. Ya diputado por Valognes, en Normandía, a partir de 1839, persiste en su interés por la cuestión argelina. Vuelve a escribir, entonces, en 1841 algunas notas de su primer viaje y un Travail sur l’Algérie. En este periplo fue nuevamente con Gustave de Beaumont –su compañero en el célebre viaje a los Estados Unidos-, también diputado. Realizó una segunda visita en 1845, tras haber intentado –en vano- impulsar algunas de sus ideas sobre la cuestión argelina en el parlamento francés. Las circunstancias del nuevo viaje fueron diferentes, ya que la colonia estaba seriamente amenazada por Abd-el-Kader.
Hay que decirlo con claridad: Alexis de Tocqueville era un firme partidario de la colonización de Argelia, no un crítico. Su interés en esta colonia era lograr que se constituyera en parte efectiva de Francia, y para ello sugiere tener en cuenta una serie de políticas. Y aquí encontramos a Tocqueville y sus propuestas clásicas: la descentralización administrativa –todas las decisiones se tomaban en la metrópoli, hasta los mínimos detalles-, la representación de los vecinos y la vida municipal, el respeto a la propiedad privada. Conciente del abismo que había –y sigue habiendo- entre occidentales y musulmanes, propone respetar las costumbres locales y no establecer leyes comunes, dada la falta de distinción entre el Corán y la ley civil en el mundo islámico. Precisamente, uno de los aspectos que señala en su temprano escrito de 1837 es que los franceses ignoraban las costumbres locales y que, en lugar de implantar su propio sistema en Argelia, deberían haber conocido y conservado las normas vigentes durante largo tiempo e ir transformándolas con el transcurrir de los años. Creo que Tocqueville suponía que, después de varios decenios, hubiera sido posible la fusión de las culturas en Argelia. En esa colonia del Magreb habitaban varios grupos étnicos y él propuso actitudes diferentes para cada uno de ellos, de modo de poder mantener el orden y alcanzar la paz.
¿Por qué era importante asegurar esta colonia? Para Tocqueville, Francia debía poseer una colonia en el Mediterráneo para hacer un balance con respecto a la presencia británica en esas aguas. La “cuestión de Oriente”, nombre con el que se conocía el reparto del desfalleciente imperio Otomano en manos europeas, era de importancia mayúscula para las grandes potencias del Viejo Continente. Rusia, Gran Bretaña, Francia y Austria codiciaban porciones de ese gigante moribundo. Por otro lado, consideraba que un retiro francés de la costa argelina hubiera significado un enorme desprestigio para su país, así como la inminente conquista de ese país en manos británicas. Los rusos tenían ambiciones sobre Constantinopla, de modo de asegurarse la salida del Mar Negro; los gobiernos del Reino Unido tenían su mira puesta en Egipto, para asegurar su ruta marítima hacia la India.
Pero esto no significa que Alexis de Tocqueville no estuviera en abierto desacuerdo con la gobernación militar de la colonia, que a su vez dependía del Ministerio de Guerra en París, tornando la administración cotidiana en una maquinaria centralista, lenta y arbitraria. Tocqueville auspiciaba un ministerio de Argelia, el nombramiento de un gobernador civil y la creación de instituciones municipales para descentralizar la administración. Proponía que los europeos instalados en Argelia tuviesen los mismos derechos que en Francia, a saber: libertad de prensa, garantías procesales, respeto a la propiedad, gobierno municipal. Distinguía entre europeos, árabes y cabilas. Tocqueville recelaba del Islam, al que consideraba funesto y fatalista. Estaba en desacuerdo con la construcción de mezquitas por parte de la administración colonial, con las ayudas para peregrinar a La Meca, o bien con la educación de la élite árabe en las escuelas de la metrópoli. Calló cuando se supo de algunas atrocidades cometidas por las tropas francesas en su guerra contra los caudillos árabes. Pero sí sentía gran simpatía por la población de origen cabila, ya que consideraba que tenía un gusto instintivo por la libertad y el autogobierno.
Se trata, entonces, de un Tocqueville muy diferente del que conocemos a través de la lectura de sus obras más célebres.
Y es que –no lo olvidemos-, era un hombre de la centuria decimonónica, en la que contradictoriamente se entretejían ideas de libertad con pasiones nacionalistas, deseos de igualdad con sueños imperiales.

Bibliografía consultada:

Tocqueville, Alexis, Sur l’Algérie. París, Flammarion, 2003.
Jardin, André, Alexis de Tocqueville, 1805-1859. México, FCE, 1997.
Bégin, Christian, “Tocqueville et l’Algérie”, en The Tocqueville Review/La Revue Tocqueville, Université de Toronto, Vol. XXX, n° 2, 2009.

Publicado en el sitio web del Club del Progreso, enero del 2011.