martes, 11 de diciembre de 2012

Educación pública y privada.


Señor Director, 

Advierto en noticias y comentarios referidos a la situación educativa uruguaya cierto tono de lamentación por el crecimiento de la cantidad de alumnos en las escuelas privadas, como si esto fuese reprochable en sí mismo. Algunos medios parecieran hacer mención a la educación privada en un tono de disculpa, vergonzante, como si esta no debiera existir, y que es tolerable como un mal menor pero que, en lo posible, habría que remediar a corto plazo.
Muy por el contrario, creo que la iniciativa privada en la educación debe ser bienvenida, porque crea instituciones que permiten la innovación, la atención personalizada de los alumnos y un clima favorable al estudio. Muchas han sabido incorporar nuevas metodologías y tecnologías, logrando mejores resultados, porque no están atadas a la burocracia. Lo que es reprochable, sí, es que el sistema estatal no atienda a estas señales y persista en su condición decadente. 
América latina está prisionera de la mentalidad estatista, que mira con recelo a la innovación privada, y como si sólo desde la esfera pública pudieran brindarse más y mejores oportunidades para educarse, como herramienta del ascenso social. Debemos despojarnos de esa “sospecha” hacia la iniciativa privada en la educación y ésta, a su vez, debe mostrar y seguir demostrando sin complejos cómo enriquece en capacidades y conocimientos a sus estudiantes. 


Carta publicada en el semanario Búsqueda, jueves 6 de diciembre del 2012.

martes, 13 de noviembre de 2012

El proteccionismo argentino.


Señor Director:

El reciente encuentro en la sede del Partido Colorado de los cuatro ex presidentes de la República Oriental del Uruguay para hablar sobre el presente y el futuro del Mercosur, no sólo tiene la singularidad de que es un evento inimaginable en otros países de la región, sino que también demuestra la viva preocupación por la mala salud de la unión aduanera y comercial.
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se ha embarcado en una política proteccionista y de grilletes cambiarios que le restan dinamismo a la economía argentina, restringen libertades de sus habitantes y afectan a los países vecinos. En rigor, han sido pocas las ocasiones en que Argentina ha disfrutado de cierta apertura comercial -aunque bastante limitadas-, aun cuando en buena parte de la historiografía de ese país se sostiene que hubo tiempos de librecambismo laissez faire. 
Cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata se independizaron de España, se procuró mantener unido un virreinato cuyas partes poco tenían en común. Ese virreinato existió apenas 34 años, tiempo escaso, sobre todo porque las instituciones y las normas fueron impuestas desde la metrópoli. Las provincias del actual Norte argentino, así el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) estaban fuertemente vinculadas con el virreinato del Perú, del que antes formaba parte el virreinato del Río de la Plata. Las provincias de Cuyo habían sido parte de la Capitanía General de Chile. Por la rígida política comercial española, las mercancías que ingresaban al puerto de Buenos Aires transitaban hacia el centro y norte del virreinato, pasando por varias aduanas y pagando una gran cantidad de impuestos, encareciendo astronómicamente los precios. Tras la emancipación, las provincias mantuvieron las aduanas interiores, puesto que era su principal fuente de ingresos.
Pero en 1852, por el Acuerdo de San Nicolás, los gobernadores provinciales de la Confederación Argentina resolvieron eliminar las aduanas interiores. Las aduanas exteriores habrían de nacionalizarse, siendo el puerto de Buenos Aires el que tenía el 90% del comercio internacional. La legislatura porteña se opuso denodadamente a esta nacionalización que la privaba de su fuente de recursos y, de hecho, el Estado de Buenos Aires fue independiente –aunque nunca hubo una declaración en tal sentido- de la Confederación entre septiembre de 1852 hasta 1859. Las trece provincias restantes penaron sin recursos, empobrecidas por la inútil guerra aduanera en la que se empeñó con Buenos Aires. Luego, por la reforma constitucional de 1860, se acordó que la provincia de Buenos Aires habría de seguir recibiendo gran parte de los impuestos aduaneros de importación y exportación hasta 1866. 
Desde estos años hasta el decenio de 1930, entre el 90 y el 80% de los recursos del Estado argentino provenían de los impuestos aduaneros. En agosto de cada año se debatía en el Congreso la ley de Aduanas, que establecía las tarifas. Más tarde, ya teniendo esta ley aprobada, se debatía el presupuesto del año siguiente.
No obstante el proclamado federalismo que define a la Constitución argentina, lo cierto es que convive con un sistema unitario de facto. Fueron y son varias las provincias que viven del presupuesto del gobierno federal y que, por su presencia en el Congreso –particularmente por la representación igualitaria en el Senado- hacen de su debilidad su principal fortaleza. De este modo, las provincias que tenían una industria no competitiva que querían mantener protegida, articulaban coaliciones con fuerte peso parlamentario, a la vez que tenían un gran peso en los colegios electorales que elegían al presidente. Los gobiernos de signo conservador como el del Partido Autonomista Nacional sostuvieron el proteccionismo con altas tasas aduaneras, entre un 50 y 60% sobre el precio de las mercaderías importadas, y en algunos rubros como el vino, el azúcar y el tabaco estos pasaban del 100%. El primer partido político que sostuvo el librecambio para favorecer al consumidor urbano fue la Unión Cívica Radical, en 1894-1896, que logró obtener escaños en provincias con fuerte orientación agroexportadora.
Pero ya antes de llegar al gobierno, la UCR abandonó el librecambio, bandera que fue levantada entonces por el Partido Socialista, con presencia en la Ciudad de Buenos Aires. Los radicales de provincias como Tucumán y Mendoza se declararon proteccionistas, ya que vivían del azúcar y el vino, respectivamente. Los radicales de Santa Fe, en cambio, eran librecambistas: una provincia agroexportadora que se orientaba al comercio internacional.
Esta coalición de intereses proteccionistas, rígida e ineficiente, se amplió hacia otros rubros como la industria textil en la provincia de Buenos Aires en el siglo XX. De este modo, los sucesivos gobiernos argentinos fueron creando los obstáculos para su propio dinamismo y desarrollo industrial, levantando murallas chinas que la hubieran obligado a competir e invertir en nuevos y mejores bienes de capital. Esta situación se prolongó con los gobiernos de signo peronista y golpes militares.
La vieja estructura conservadora se preservó con el Partido Justicialista, peronismo, kirchnerismo o como quiera denominárselo. Es un entramado de intereses que mantiene el traspaso de recursos de sectores altamente competitivos hacia gobiernos provinciales que no pueden solventarse, perpetuando una maquinaria de pobreza y estancamiento. Los vecinos del Mercosur podrán reclamar mayor institucionalidad, el cumplimiento de los tratados y compromisos asumidos, pero seguirá imperando esta lógica hacia adentro mientras no se sincere en Argentina un federalismo que es de palabra, pero de dependencia unitaria en los hechos.


Ricardo López Göttig


Carta publicada en el semanario Búsqueda, 8 de noviembre del 2012.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Ejemplo de civismo y pluralismo.



Para hallar ejemplos de madurez cívica y diálogo entre representantes de distintos partidos políticos en un ámbito de reflexión, no es preciso que los argentinos tengan que atravesar océanos, sino que basta con cruzar el portentoso río de la Plata.
El martes 6 de noviembre, mientras los ojos del mundo se posaban en los Estados Unidos por la nueva elección presidencial, en la sede del Partido Colorado uruguayo se reunían cuatro ex presidentes de la República, a saber: Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle y Tabaré Vázquez. Dos ex mandatarios colorados, uno del Partido Nacional y otro de la coalición Frente Amplio. Fueron convocados para disertar sobre el presente y futuro del Mercosur, en medio del creciente malhumor que generan las políticas proteccionistas y de grilletes cambiarios de la presidente Cristina Fernández de Kirchner, que tanto afectan al comercio y turismo entre las dos naciones.
Un evento de esta naturaleza resulta impensable en Argentina, ya que no sólo los ex presidentes no se reúnen por estar enemistados entre sí –sobre todo los que pertenecen al mismo partido político-, sino que el ambiente de respeto a la opinión ajena, de inevitable y fructífera discrepancia, no es valorado como condición indispensable de la convivencia democrática.
Con reconocimientos, en libertad y con momentos de humor, los ex presidentes orientales desplegaron sus opiniones en un clima de concordia en el disenso.
¿Qué separa a los argentinos y uruguayos? ¿Nos separan, acaso, los orígenes históricos, la lengua, la cultura, el estilo de vida? La distancia entre ambas naciones es de actitud, la decisión de respetar la opinión ajena y de legitimar al otro como persona. De tener la íntima convicción de que quien expresa una idea que no compartimos, no lo hace por malevolencia, antipatriotismo o por ser parte de una conspiración siniestra, sino por ver los hechos de un modo diferente.
Hay buenos modelos y están aquí, tan cerca. Un ejemplo de civismo y pluralismo que debería propagarse por América del Sur.

jueves, 31 de mayo de 2012

El plan social.


Por Ricardo López Göttig


Como si fuese un gran logro, los gobiernos que se proclaman de signo “progresista” suelen esgrimir estadísticas de expansión de sus planes sociales, lo que en rigor debería interpretarse como una señal de fracaso.
La izquierda del siglo XIX no nació con el criterio paternalista de que las personas tuviesen que vivir a expensas del Estado. Para marxistas y anarquistas, por ejemplo, el Estado no era más que un instrumento de dominación en manos de los propietarios. Los marxistas, en consecuencia, anhelaban tomar ese Estado por la vía revolucionaria –violenta- para utilizar esa herramienta y establecer el dominio de los proletarios. Los anarquistas, en cambio, buscaban la destrucción de ese instrumento para que la propiedad privada no tuviera quién la defendiese, y así lograr abolirla. Para estas y otras corrientes de la izquierda, el creador de la riqueza era el obrero que, con su trabajo, daba valor a su creación. El objetivo no era la holgazanería ni el fin del trabajo, sino la plena disposición de aquello por lo que se había trabajado.
De allí que Karl Marx, con una visión religiosa y épica de la humanidad, entendiera que serían los obreros proletarios industriales los que conducirían las sociedades socialistas del futuro y, una vez superada la necesidad de la dominación de unos a otros, se eliminaría el Estado. No sólo ponía su fe en esa “clase social” porque era la que para él generaba la riqueza, sino porque además tenía incorporada la disciplina laboral necesaria y el conocimiento de lo que se hacía en la fábrica. Es por eso que despreciaba a lo que llamaba el “lumpenproletariado”: delincuentes, prostitutas, vagabundos, todos los que estaban inmersos en el submundo de la ilegalidad, porque no tenían hábitos laborales, no generaban riqueza ni tenían “conciencia de clase” y, a su criterio, no querían derribar el orden existente.
El gran problema del marxismo surgió cuando tomaron el poder los bolcheviques en 1917. Marx y Engels, profetas indiscutibles e infalibles de la nueva religión secular con pretensiones científicas, no habían escrito sobre cómo sería la sociedad socialista. Tan sólo esbozaron la idea de la “dictadura del proletariado” como la etapa en la que los obreros industriales tomarían el poder del Estado, dominarían a los burgueses y nobles, hasta que todos fueran laboriosos proletarios en las fábricas. Más risibles son las escasas páginas dedicadas al paraíso comunista, la última etapa sin Estado, en la que las personas vivirían en la superabundancia… Lo cierto es que Lenin y el resto de los bolcheviques tomaron el poder mientras el Imperio Ruso se hallaba combatiendo penosamente en la primera guerra mundial contra los alemanes y austríacos. El modelo económico que tomaron fue el de la Alemania imperial del Kaiser Guillermo II, una economía fuertemente centralizada y militarizada por razones bélicas, y eso es lo que implantaron a fuerza de bayoneta en el caído imperio de los zares, con un costo humano de millones de hombres muertos por hambrunas, requisas de alimentos, guerra civil y creación de los campos de concentración.
Este primer experimento socialista no tuvo una mirada contemplativa hacia el desempleado: como crudamente lo escribió Trotski, “el que no trabaja, no come”. Ironía de la historia, porque Lenin y Trotski nunca habían trabajado… Esta militarización y planificación central se acentuó en tiempos de Stalin, dejando por el camino a más de veinte millones de muertos, cifras colosales que estremecen.
En la etapa post-stalinista en Europa central y oriental, el castigo que recibían muchos intelectuales disidentes –escritores, profesores universitarios, artistas- era el de ser enviados a trabajar cavando fosas en los cementerios, limpiando vidrios en los edificios, cargando carbón en las calderas de calefacción central. O sea que, en el “paraíso de los trabajadores”, la sanción al disidente era, paradójicamente, el trabajo físico.
Está claro, pues, que la naturaleza del “plan social” que subsidia con largueza y que se reproduce generación tras generación, nada tiene que ver con la izquierda socialista en sus ideas del siglo XIX ni en su experiencia real de la centuria pasada. 
Y es que el “plan social”, la protección al desempleo y la mirada paternalista como si las personas fuesen menores de edad incapaces de administrar sus vidas, se fue estableciendo desde gobiernos autoritarios de signo nacionalista, ya desde tiempos de Otto von Bismarck, precisamente para contener el avance de la socialdemocracia en Prusia y el Imperio Alemán. Los socialistas de entonces, en los parlamentos y la prensa partidaria, solían denunciar estas prácticas clientelistas, porque ablandaban el espíritu laborioso y creaban un ejército de votantes sin “conciencia de clase”.
En su difícil combate contra estos “Estados benefactores”, los socialistas de Europa occidental fueron asimilando parte de esta prédica para ganar votos que, de otra manera, se fugaban hacia los partidos de carácter nacionalista y proteccionista. Un fenómeno que, aún hoy, vemos que perdura en el Viejo Continente, con votantes que pueden optar por el xenófobo y proteccionista Frente Nacional de la familia Le Pen o por la izquierda más radical y antiglobalizadora como la de Jean-Luc Mélenchon en Francia.
¿Dónde han quedado, pues, las consignas originales de la izquierda? El socialismo real del siglo XX demostró su manifiesta contradicción con la vida humana, con sus genocidios, empobrecimiento, brutalidad y afán de conquistas. Hoy se torna complejo desarmar ese nudo gordiano de lo que proponen unos y otros críticos acerbos a la democracia liberal y la economía de mercado, que no prometen vida fácil, gratuita y despreocupada de los paraísos seculares.
La paradoja de todo programa gubernamental de “plan social” de inserción laboral, de acceso a la vivienda, es que debería tender a su propia extinción; es decir, la emergencia es una situación temporal, y cuanto más breve sea, mejor. Un ministro de desarrollo social debería ser premiado y aplaudido por tener cada vez menos personas necesitadas de ayuda estatal, y no más. Una estadística optimista, feliz y liberadora, que pondría en evidencia que cada vez más personas son responsables y creadoras del propio destino.


Publicado en el semanario Búsqueda, jueves 31 de mayo del 2012.

sábado, 12 de mayo de 2012

La expropiación de YPF.

Señor Director, 


A no pocos observadores les habrá sorprendido la mayoría abrumadora de votos que consiguió la presidente Cristina Fernández de Kirchner para lograr la expropiación de las acciones que Repsol tenía en la empresa YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), una bandera más del nacionalismo que se agita en la Argentina. De hecho, los kirchneristas hicieron circular con presteza un afiche que rezaba YPF: Yrigoyen, Perón, Fernández (de Kirchner).
Esta medida política, que se la presenta como una epopeya más del kirchnerismo en su tan visión tan singular de lo que es “nacional y popular”, ha sido votada por el mismo partido que, hace poco más de un decenio atrás, privatizaba YPF.
Estos zigzagueos, a los que son tan propensos los políticos argentinos, tienen raíces en el pasado siglo. 
Ya la Unión Cívica Radical –que en esta ocasión acompañó en el Congreso a la iniciativa gubernamental- levantó la bandera de la “nacionalización” cuando recién comenzaba la exploración y explotación petrolera en Argentina. Pero primero, debe aclararse que, al igual que en el derecho que alimenta a toda América latina, el subsuelo era y es estatal, a diferencia de la tradición privatista anglosajona. 
La empresa estatal YPF fue creada por un presidente radical, Marcelo Torcuato de Alvear, a instancias del general Mosconi, como una medida más encaminada a asegurar la provisión de petróleo para el Estado en caso de una contienda bélica, en los años veinte. No obstante, se hacían concesiones de exploración y explotación, ya que los costos eran elevados, aún para una economía próspera como la argentina de aquella época. Pero en 1927, en plena efervescencia electoral por la campaña de Hipólito Yrigoyen para lograr su segunda presidencia, los radicales yrigoyenistas –autodenominados “intransigentes”- alentaron la “nacionalización”. ¿Qué significaba esto?
La República Argentina de aquel entonces tenía sólo catorce provincias y el distrito federal, por lo que la Patagonia y regiones como El Chaco y Misiones, eran “territorios nacionales”, administrados directamente por el Poder Ejecutivo Nacional. Otras provincias petroleras, como Mendoza y Salta, eran gobernadas o bien por radicales no yrigoyenistas, o bien por los conservadores, con lo que eran los gobiernos provinciales los que cobraban las regalías por la explotación en manos de empresas privadas. La nacionalización que propuso Hipólito Yrigoyen fue, ergo, que las regalías pasaran a ser del Estado nacional, en detrimento de gobiernos provinciales que no eran de su misma fuerza política, fortaleciendo el centralismo presidencial. La “Y” yrigoyeniana de YPF, pues, puede ser puesta en tela de juicio.
Juan Domingo Perón, coronel del Ejército argentino que participó activamente en el golpe de Estado al gobierno constitucional de signo conservador en 1943, fue parte de un proyecto para imponer las ideas del nacionalismo católico como parte de una cruzada contra el liberalismo, el laicismo, el socialismo y el feminismo, todos ellos “sinónimos” de inminente revolución bolchevique en las pampas… Tras ascender vertiginosamente a las más altas funciones en este gobierno de facto –llegó a ser, simultáneamente, secretario de Trabajo, ministro de Guerra y vicepresidente-, logró ganar los comicios generales de 1946 con un conglomerado heterogéneo de fuerzas que lo apoyaron. Así creó el Partido Peronista desde el poder, sentando las bases para un régimen hegemónico y estatista. En 1949, en consonancia con sus ideas nacionalistas y convencido de la inminente tercera guerra mundial, reformó la Constitución –que le impedía la reelección consecutiva-, con un texto que prohibía tajantemente la inversión extranjera de los recursos energéticos. Sin embargo, será el mismo Perón –como en incontables ocasiones a lo largo de su agitada existencia política- el que llegara a propiciar la inversión de la Standard Oil en el subsuelo patagónico, necesitado de capitales frescos que exploraran las fauces tan soberanamente custodiadas. Y para ello impulsó y logró la aprobación del Congreso, en 1954, de la ley que habilitaba la reforma constitucional –la misma que propiciaba la separación de Iglesia y Estado-, pero que quedó en el olvido por el golpe de Estado de 1955. 
Paradojas de los zigzagueos petroleros, es que el político radical Arturo Frondizi se opuso con vehemencia a esta innovación de Perón, pasión nacionalista de la que supo desdecirse al ganar la presidencia con un suspicaz apoyo peronista en 1958 e impulsar los contratos petroleros, tras cruzar convenientemente el río Leteo –el que borra la memoria- de las elecciones.
La “Y” de Yrigoyen, pues, encubría la búsqueda del centralismo; la “P” de Perón, las idas y venidas de quien gustaba de ocultar sus cartas en el truco de la política, y ser Benito, Mao y León Herbívoro para quien quisiera creerle.
La “F” de Fernández, bien documentado está, es obra de una maniobra del momento, ya que una política de tal magnitud no sólo debería haber sido expuesta en la campaña electoral, sino que el propio Néstor Kirchner aplaudió la privatización siendo gobernador de la patagónica Santa Cruz en los años noventa, durante la presidencia peronista de Carlos Menem.
YPF, al igual que los archipiélagos australes de Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, obnubilan al ciudadano argentino como causas irredentas, como si fuesen pedazos vivos de un cuerpo que no puede desplegar todas sus ambiciones sin esas partes esenciales. ¿Qué quedará de esta expropiación? El derecho de propiedad, cada vez más dañado, sufre un grave retroceso, tal como cuando incautaron los fondos de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), y el poder central se vuelve cada vez más poderoso, menos transparente y casi sin control de una oposición más atenta a las encuestas del humor inmediato que a las decisiones fundamentales.

Publicado en el semanario Búsqueda, jueves 10 de mayo del 2012.

domingo, 19 de febrero de 2012

Entre la interpretación y el relato.

Por Ricardo López Göttig


Que el kirchnerismo se ha zambullido de lleno en una batalla cultural para cambiar el pasado de los argentinos no es nuevo y, en rigor, bastante éxito está logrando en sus resultados. Esta construcción del “relato” se opone a la labor de interpretación que, con paciencia y rigor, lleva adelante un historiador.
Cada estudioso del pasado, desde su mirada personal, pondrá mayor o menor énfasis en determinados hechos del pretérito, pero no podrá eliminarlos ni borrarlos como si no hubiesen existido. Tendrá su propia interpretación de lo ocurrido, a la que sumará nuevos documentos que haya encontrado que estuvieron olvidados, perdidos o, simplemente, que no fueron leídos hasta el momento. El historiador trabaja con documentación que debe estar al alcance de sus colegas y, por consiguiente, ser sometida a nuevas lecturas interpretativas. En gran medida es como el trabajo de un detective, que va enhebrando en su mente y en sus escritos sobre aquello que pasó, aun cuando no disponga de la totalidad del cuadro.
El kirchnerismo, con su lógica militante y al servicio del poder, busca la imposición de un relato único, monopolizando una versión no expuesta a debate del pretérito común de los argentinos. Es el armado de una narración de connotaciones épicas en la que hay omisiones deliberadas y la magnificación de episodios o personajes que fueron irrelevantes, o bien la adulteración lisa y llana de los hechos. No hay búsqueda de la verdad –que siempre nos es esquiva-, no hay fundamentación en documentos, sino la articulación de un discurso maleable a las circunstancias políticas de cada momento.
Esta pérfida batalla cultural hace daño, porque la pasión vocinglera desplaza al raciocinio. Se abandona el estudio metódico, silencioso y reflexivo por el discurso desde la tribuna, el canto pegadizo de la murga o el cable de Télam. Se empobrece a las nuevas generaciones con una visión falaz, construida desde la cima del poder, con el objeto de transformarlas en militantes disciplinados, obedientes y sin capacidad de juzgar como ciudadanos libres.

Publicado el 14 de febrero del 2012 por CADAL.