martes, 12 de marzo de 2013

La tentación jacobina.

Por Ricardo López Göttig

Los jacobinos han pasado a la historia como la fracción radical de la revolución francesa, encarnados por la figura de Robespierre y fácilmente identificables con el emblema sangriento de la guillotina.
El líder más notorio de los jacobinos y el instrumento de terror y crimen nos pueden hacer olvidar cuál era el ideario de estos revolucionarios que buscaron cambiar la humanidad desde la raíz. Los jacobinos estaban plenamente convencidos de que era posible crear una nueva sociedad desde cero, casi ex nihilo, enarbolando el estandarte de la razón, arrasando con el pasado que consideraban oprobioso, tenebroso y del que nada bueno podía aprenderse.
Así es como establecieron un nuevo calendario, el republicano, reemplazando al gregoriano de carácter cristiano. Las semanas tenían diez días -el diez es "racional"-, con lo que de paso se borraba el domingo. Nos dejaron el sistema métrico decimal -nuevamente el diez-, a fin de unificar todos los sistemas de pesos y medidas que había en Francia. 
En su deseo de crearlo todo de nuevo, emprendieron la persecución de las religiones, sobre todo el cristianismo que era ampliamente mayoritario en la nación gala, e intentaron imponer un nuevo culto a la Razón, con su propio ceremonial. La religión, la propiedad privada, las tradiciones regionales, las costumbres comerciales, incluso los apellidos: todo era sometido a un proceso de profundo cambio.
Y para ello rodaron cabezas de monárquicos, clérigos, aristócratas, funcionarios, moderados, girondinos y, también, de jacobinos...
Quien supo ver con claridad el terremoto político y social que estaba en ebullición en Francia desde sus primeros pasos fue Edmund Burke quien, en sus lúcidas Reflexiones sobre la revolución francesa, advirtió antes de los años del Terror sobre las graves consecuencias de lo que denominó la geometría y la aritmética aplicadas a la política. Estos intentos de imponer lo exacto en el comportamiento humano han desembocado en las peores atrocidades, porque se basan en la concepción de que es posible moldear y fijar el comportamiento de las personas tal y como estos ideólogos y políticos de laboratorio imaginan. 
Y es que, en lugar de tomar al ser humano tal y como es, los utopistas pretenden crear una nueva especie a través de nuevas reglas y condiciones, como si fuera una plastilina maleable. Un nuevo humano autómata al servicio de una causa superior, sin ambiciones ni dobleces, sin sueños ni miserias, puro y desinteresado.
Esta tentación jacobina se puede hallar en varias corrientes de pensamiento, hasta en aquellas que presumen de ser lo contrario, porque se fundamentan en un homo abstracto, concebido sólo en sus mentes, un homúnculo que responde con precisión a los estímulos. Así es como todas las utopías son coherentes, "cierran" en sí mismas, sin fisuras. El enamoramiento con estas ideas se fortalece cuando se "convencen" unos a otros en círculos estrechos, sin contacto con otras ideas ni, mucho menos, con la observación de la realidad cotidiana.
Muchos discursos de renovación -o innovación, o revolución- generacional tienen impregnada la tentación jacobina, como si las generaciones que nos precedieron hubieran sido hatajos de necios cuya herencia y experiencia debe ser enterrada. Para todo tienen respuesta sin necesidad de estudiar cada caso particular, poseedores de una fórmula mágica que nos llevará a la felicidad y la solución definitiva a todos los problemas.
Las tentaciones ideológicas y políticas abstractas son atractivas, simples, todo lo abarcan. Son panaceas. 
Pero son embarcaciones que, cuando son echadas al agua, rápidamente se hunden. Y para salvar la idea superior, nos dirán que ese barco no fue debidamente diseñado por los genios del laboratorio, sino por meros imitadores.
Evitemos las fórmulas sencillas. La realidad humana es compleja, fascinante, desconcertante; y para aproximarse a ella se requiere de paciencia, estudio y diversidad de visiones.

martes, 5 de marzo de 2013

Ausencias en el discurso presidencial.

Por Ricardo López Göttig

El extenso discurso apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la presidente Cristina Fernández de Kirchner tuvo claras lagunas. 
Más allá de varios errores históricos, cifras cuestionables y de promover la idea de que a partir del 2003 hubo una ruptura significativa con todo lo anterior, el tono de épica no pudo disimular que la Argentina continúa ignorando cuáles son los lineamientos profundos y de largo alcance de la administración kirchnerista.
Básicamente, se desconocen cuáles son los principios fundamentales que guían al gobierno, porque en ninguna de las dos campañas electorales, del 2007 y 2011, la Presidente expuso cuál es su programa y la filosofía que lo anima. Hay slogans que poco y nada aportan. 
Otra visión del decenio, diferente del balance presidencial, puede reflejar que existió un avance del Estado sobre la inversión privada y también de los contratos en nombre de un vago “proyecto nacional y popular” del que no se puede adivinar su alcance, contenido y contorno. 
También hubo un constante deterioro de las instituciones que sirven de equilibrio al Poder Ejecutivo, a la par que se debilitó la estructura partidaria en la que los Kirchner desarrollaron su vida política.
En el discurso abundaron las referencias a la intervención estatal: no como un auxilio en la emergencia, sino como el gran estratega y ejecutor de las grandes decisiones, dejando a un costado a la inversión privada. Es por ello que no hubo señales para el emprendedor sobre condiciones favorables a su desenvolvimiento, ni referencias a la política de grilletes cambiarios o la inflación. 
El derecho de propiedad, ese gran ausente tan vapuleado durante los casi diez años de kirchnerismo, está sujeto a los vaivenes del momento. Allí están las expropiaciones de las AFJP e YPF, las prohibiciones a la compra de divisas, los controles de precios y los cambios constantes de las reglas de juego.
No hubo, tampoco, referencias a tratados de libre comercio ni al porvenir del Mercosur, que va perdiendo año tras año su razón de ser. Mientras los países del Pacífico están debatiendo el Trans-Pacific Partnership para unir Asia y el continente americano en un gran mercado común, a la vez que se esboza la idea de un acuerdo entre la Unión Europea y Estados Unidos, el gobierno argentino se empecina en su visión lugareña, encerrándose en la estrechez del barrio y haciendo comentarios irónicos sobre la crisis europea.
Esta ausencia de definiciones, que en cualquier democracia liberal madura sería cuestionada, es una de las fortalezas del kirchnerismo en el contexto de la Argentina posterior a la crisis del 2001, porque le permite maniobrar con toda la amplitud posible para acumular poder con el argumento más efectista del momento.
¿Qué cabe esperar del discurso presidencial? En lo inmediato y con vistas a las próximas elecciones, no habría cambios de rumbo y sí una posible radicalización de las políticas populistas, a fin de asegurarse el voto duro del kirchnerismo. Esto estrategia supondrá que no sólo continuarán los embates contra los rivales que hoy se fijado el gobierno, sino la suma de nuevos frentes de conflicto, buscando una fuerte polarización que le permita mantener la primera minoría electoral ante una oposición dispersa.


Publicado en El Cronista Comercial, 5 de marzo del 2013.